Hace algunos años, hablar de un robot operando a una persona parecía algo propio de una película de ciencia ficción. Sin embargo, esa idea comenzó a convertirse en realidad con la llegada de los robots quirúrgicos, capaces de ser controlados por un médico desde una consola y realizar movimientos de una precisión que en algunos casos sería muy difícil conseguir directamente con las manos.
Uno de los sistemas que marcó esta nueva etapa fue el robot Da Vinci. El médico no desaparece de la operación; al contrario, sigue teniendo el control, pero utiliza una interfaz que le permite mover los instrumentos quirúrgicos con gran precisión. El robot traduce esos movimientos y puede ofrecer ventajas como mayor estabilidad, movimientos muy pequeños y una visión ampliada del área donde se está trabajando.
Desde entonces, la cirugía robótica ha avanzado de manera importante. Cada vez existen más hospitales que utilizan estos sistemas y más médicos que se especializan en su manejo. Se emplean en diferentes procedimientos y la experiencia acumulada durante estos años está generando algo todavía más importante: una enorme cantidad de información sobre cómo se realizan las operaciones.
Y aquí es donde aparece la siguiente gran pregunta.
¿Qué ocurrirá cuando los robots tengan suficiente experiencia para aprender de millones de operaciones?
Hoy un robot quirúrgico puede ejecutar con enorme precisión los movimientos que realiza un médico, pero todavía depende de él para tomar las decisiones importantes. El especialista analiza al paciente, decide dónde cortar, qué tejido retirar, cómo reaccionar ante una complicación y cuándo cambiar de estrategia.
Pero la inteligencia artificial está cambiando esa situación.
Ya existen sistemas experimentales capaces de identificar tejidos, reconocer estructuras anatómicas y realizar determinadas tareas quirúrgicas con cierto grado de autonomía. La combinación de cámaras de alta resolución, sensores, inteligencia artificial y robots de precisión puede permitir que una máquina no solamente ejecute una instrucción, sino que también analice lo que está viendo y decida cuál debe ser su siguiente movimiento dentro de parámetros previamente establecidos.
Probablemente no veremos en el corto plazo un hospital donde una persona entre a un quirófano y un robot realice por sí solo una operación compleja sin ningún médico presente. El cuerpo humano es demasiado variable y una cirugía puede cambiar en cuestión de segundos.
Sin embargo, eso no significa que la cirugía autónoma no vaya a llegar.
Lo más probable es que comencemos con procedimientos muy específicos y controlados. Operaciones repetitivas, tareas concretas dentro de una cirugía o procedimientos en los que las variables puedan ser identificadas con precisión podrían ser los primeros candidatos para una mayor autonomía.
Imaginemos, por ejemplo, un robot que durante una operación sea capaz de identificar automáticamente un determinado tejido, seguir sus movimientos, evitar estructuras delicadas y realizar una tarea específica con una precisión constante. El médico podría supervisar el procedimiento y tomar el control cuando fuera necesario.
Ese escenario parece mucho más cercano que pensar en un robot sustituyendo completamente al cirujano.
La verdadera revolución quizá no consista en reemplazar al médico, sino en convertir al médico en el supervisor de sistemas cada vez más inteligentes. El especialista podría concentrarse en las decisiones más complejas mientras la tecnología se encarga de algunas de las tareas repetitivas y de precisión.
También aparecerá un enorme desafío: la responsabilidad.
Si un robot toma una decisión equivocada durante una operación, ¿quién será responsable? ¿El fabricante, el hospital, el médico que supervisaba el procedimiento o quien desarrolló el sistema de inteligencia artificial?
Estas preguntas no son solamente tecnológicas. También son médicas, legales y éticas, y tendrán que resolverse antes de permitir que las máquinas tengan mayores niveles de autonomía dentro de un quirófano.
La medicina siempre ha evolucionado cuando una nueva tecnología consigue ampliar las capacidades humanas. El robot quirúrgico es un ejemplo claro. Primero fue una herramienta controlada por el médico. Después comenzó a incorporar sensores e inteligencia artificial. El siguiente paso será que pueda aprender de la experiencia y realizar determinadas tareas con mayor independencia.
Tal vez algún día un robot pueda realizar ciertas operaciones de principio a fin. Pero cuando llegue ese momento, probablemente la discusión no será si los robots pueden operar, sino qué operaciones estamos dispuestos a confiarles.
Y quizá esa sea una de las grandes preguntas de la medicina del futuro: no si una máquina puede hacerlo, sino hasta dónde estaremos dispuestos a dejarla decidir.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga