Rolando Cordera ha formulado dos preguntas que deberían interpelarnos frente a cualquier balance serio del desarrollo mexicano: ¿por qué hay tantos pobres y por qué no crecemos? Son, como las caracterizó en el Seminario de Política Social y Desarrollo en el siglo XXI, preguntas “agresivas y provocadoras”. Y deben serlo porque cuestionan varias décadas de transformaciones económicas realizadas, precisamente, bajo la promesa de crear las condiciones para crecer.
México se reformó. Liberalizó su economía, abrió sus mercados, privatizó empresas públicas, disciplinó sus finanzas, otorgó autonomía al banco central, firmó tratados comerciales y se integró profundamente a las cadenas productivas de América del Norte. Hizo, en buena medida, lo que la ortodoxia económica de finales del siglo XX prescribía como condición para alcanzar estabilidad, inversión y crecimiento.
La paradoja mexicana consiste en haber conseguido estabilidad macroeconómica sin construir simultáneamente una economía capaz de garantizar prosperidad social generalizada. Más todavía: durante décadas aceptamos implícitamente que estabilizar era desarrollar y que el crecimiento, una vez removidos determinados obstáculos institucionales, surgiría como consecuencia casi natural del funcionamiento de los mercados. No ocurrió así.
No basta entonces con preguntar cuánto crece el PIB; debemos preguntar cómo se organiza socialmente la producción, quién se apropia de sus beneficios y qué capacidades tiene el Estado para transformar crecimiento económico en bienestar colectivo.
La persistencia de la pobreza no puede entenderse, entonces, como una anomalía exterior al modelo económico. Una economía caracterizada por bajos salarios, amplias franjas de informalidad, profundas desigualdades territoriales, reducida productividad en numerosos sectores y una estructura fiscal históricamente débil puede generar exportaciones, atraer inversión y mantener equilibrios macroeconómicos sin producir bienestar.
Ahí reside quizá la dimensión más radical de las preguntas de Cordera: después de décadas de reformas debemos atrevernos a discutir nuevamente qué esperamos del Estado y qué entendemos por desarrollo.
México necesita recuperar el crecimiento,. Volver a crecer para reproducir desigualdades, precariedad laboral y pobreza sería inaceptable. La cuestión consiste en construir una nueva articulación entre política económica y política social: inversión pública, infraestructura, política industrial, innovación, fortalecimiento salarial, productividad y una reforma fiscal progresiva deben pensarse conjuntamente con mucho mejor educación, salud, cuidados, vivienda y seguridad social.
Esto implica recuperar una idea que el neoliberalismo quiso convertir en anacronismo: el desarrollo es una construcción política. La tarea histórica es pues, exigente: construir un nuevo Estado de bienestar adecuado al siglo XXI, cuyo fundamento normativo sean los derechos humanos y cuya capacidad fiscal, institucional y productiva permita garantizarlos efectivamente.
Por eso las dos preguntas iniciales terminan siendo una sola. Si después de tantas reformas seguimos preguntándonos por qué hay tantos pobres y por qué no crecemos, quizá ha llegado el momento de dejar de considerar la pobreza como un problema residual que debe corregir la política social y reconocerla como una interrogación sobre la propia organización de nuestra economía.
La cuestión en México no es simplemente entonces cómo volver a crecer. Es para qué crecer, quiénes deben beneficiarse de ese crecimiento y qué Estado necesitamos construir para convertir la riqueza socialmente producida en derechos, bienestar y ciudadanía efectiva.
Investigador del PUED-UNAM