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El diablo que nos unió: A 36 años del segundo paso de Caifanes

El diablo que nos unió: A 36 años del segundo paso de Caifanes

Columnas viernes 19 de junio de 2026 -


Por@RenegadoRadio

Hay discos que capturan el espíritu de una época, y hay otros que, sencillamente, inventan una nueva forma de habitarla. El 19 de junio de 1990, cuando las tiendas de discos de México colgaron en sus vitrinas una portada de tono sepia con la ilustración de una baraja de lotería, el rock en español cambió de piel. Aquel álbum homónimo, rebautizado de inmediato por la devoción popular como El Diablito, cumplió 36 años de haber salido a la luz. Su eco, lejos de apagarse, sigue sonando como un ritual indispensable.
Para entender el impacto de El Diablito, hay que quitarnos el polvo del presente y viajar a un México que apenas se sacudía los ochenta. Caifanes ya había demostrado su valía con su debut de 1988 —aquel disco negro de tintes góticos e influencia post-punk a la Siouxsie y los Banshees o The Cure—. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión ocurrió con una metamorfosis interna: la incorporación formal de Alejandro Marcovich en la guitarra.
El choque de trenes creativos entre la lírica mística de Saúl Hernández, la sólida base rítmica de Sabo Romo y Alfonso André, los teclados atmosféricos de Diego Herrera y la guitarra incisiva, disruptiva y profundamente latina de Marcovich creó una alquimia irrepetible. Caifanes dejó de mirar exclusivamente hacia Londres o Nueva York para empezar a mirar hacia adentro.
El Diablito es el nacimiento de esa identidad. No era un intento forzado de "sonar mexicano" para complacer a las disqueras bajo la etiqueta de "Rock en tu Idioma"; era una necesidad visceral de fusionar el rock alternativo con la iconografía popular, el bolero, el son y la mística de barrio.
El mejor ejemplo de esto, y quizás el punto cumbre del álbum, es "La célula que explota". Con su introducción acústica y ese inesperado e histórico arreglo de trompetas de mariachi hacia el final, la canción rompió los prejuicios de una escena rockera que se pretendía purista. Caifanes demostró que se podía hacer rock con el corazón clavado en la tradición popular sin perder un ápice de credibilidad ni de peligro.
Pero el álbum es mucho más que su éxito más masivo. Es la rabia contenida y el bajo bailable de "El negro cósmico"; es la melancolía fúnebre y necesaria de "Antes de que nos olviden", un himno de resistencia que con el tiempo ha cobrado un peso histórico devastador en nuestro contexto social; y es, por supuesto, la cadencia rítmica de "De noche todos los gatos son pardos".
A más de tres décadas de distancia, El Diablito resiste el paso del tiempo porque no fue un producto de la nostalgia anticipada, sino una obra de arte nacida de la urgencia. Hoy, cuando las etiquetas musicales se desdibujan y los géneros se mezclan en un scroll infinito, conviene regresar a este disco de 1990. Nos recuerda que el rock hecho de este lado del mundo encontró su verdadera grandeza cuando dejó de pedir permiso afuera y comenzó a cantar con su propia voz, sus propios fantasmas y sus propios demonios.
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