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El muro de los jóvenes sin empleo.

El muro de los jóvenes sin empleo.

Columnas jueves 15 de octubre de 2026 -



Concluir una carrera universitaria representa años de esfuerzo, sacrificios y expectativas. Para miles de jóvenes mexicanos, obtener un título profesional significa la posibilidad de acceder a mejores condiciones de vida y construir un futuro estable. Sin embargo, al enfrentarse al mercado laboral, muchos descubren una contradicción difícil de ignorar: las empresas exigen experiencia, incluso a quienes buscan su primer empleo. La pregunta es inevitable: ¿cómo adquirirla si las oportunidades para comenzar son cada vez más difíciles de encontrar?

El problema va más allá de las dificultades individuales. En México, contar con estudios superiores no garantiza un empleo relacionado con la formación académica ni condiciones laborales dignas. La competencia por las vacantes, la falta de capacitación y las barreras para ingresar al empleo formal convierten el inicio de una trayectoria profesional en un desafío que no todos pueden superar en igualdad de condiciones.

Las cifras ayudan a dimensionar esta realidad. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2025), durante el primer trimestre de 2025, la tasa de desocupación entre las personas de 15 a 29 años fue de 4.8 %, mientras que la informalidad laboral alcanzó 58.8 % de la población ocupada de ese grupo de edad. Estos datos muestran que el desafío no consiste únicamente en conseguir trabajo, sino en acceder a empleos que ofrezcan estabilidad y mejores condiciones de desarrollo.

Detrás de los porcentajes hay jóvenes que terminan aceptando puestos ajenos a su preparación, prolongan su búsqueda de empleo o recurren a la informalidad para obtener ingresos. A ello se suma una desigualdad menos visible: no todos cuentan con los recursos para realizar prácticas profesionales sin remuneración ni con contactos que faciliten su contratación. Por eso, atribuir estas dificultades a la falta de esfuerzo o preparación resulta insuficiente para explicar el problema.

La responsabilidad es compartida. Las universidades necesitan fortalecer sus vínculos con el sector productivo y ampliar las prácticas profesionales remuneradas. Las empresas, por su parte, deben revisar los requisitos de sus vacantes iniciales y reconocer que la falta de experiencia no significa falta de capacidad. También es posible formar a nuevos trabajadores mediante programas de capacitación que permitan desarrollar habilidades y adquirir conocimientos en condiciones reales.

El Estado tampoco puede mantenerse al margen. Desde las instituciones públicas y el ámbito legislativo se pueden impulsar políticas que faciliten la contratación juvenil y fortalezcan la transición entre la educación y el empleo. Sin embargo, anunciar programas no es suficiente: es necesario evaluar sus resultados, conocer cuántos jóvenes consiguen incorporarse al mercado laboral y determinar si mejoran sus condiciones de vida. Una política pública debe medirse por sus resultados, no solamente por sus objetivos.

Además, la primera oportunidad laboral no puede convertirse en una justificación para aceptar empleos precarios. Adquirir experiencia no debería implicar renunciar a una remuneración justa, a la seguridad social o a la posibilidad de crecimiento profesional. Facilitar la entrada al mercado laboral también significa garantizar condiciones que respeten la dignidad de quienes comienzan su vida profesional.

Con frecuencia se afirma que los jóvenes representan el futuro de México. Pero esa idea pierde sentido cuando las oportunidades se posponen indefinidamente y la preparación académica no encuentra espacios donde desarrollarse. La juventud no necesita únicamente discursos sobre su importancia, sino condiciones concretas para demostrar sus capacidades.
El reto no consiste en garantizar un empleo automático para cada egresado, sino en construir un mercado laboral donde el talento tenga posibilidades reales de crecer. Exigir experiencia sin abrir espacios para adquirirla mantiene una barrera que limita tanto a los jóvenes como al propio desarrollo del país.

La pregunta, entonces, no es si la juventud mexicana está preparada para trabajar, sino si México está preparado para darle una oportunidad. La respuesta debe demostrarse con decisiones, políticas y resultados que permitan convertir la preparación en empleo digno y las expectativas en un futuro posible.

Víctor Hernández Troche politólogo por la FCPYS de la UNAM. Colaborador de Integridad Ciudadana A.C. y Miembro de la BMA @Integridad_AC victorhernandez06692@gmail.com



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