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Columnas
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI, tres de cada cuatro conflictos o enfrentamientos que tuvo la población mexicana en el último trimestre fue con sus vecinos. Por ello no sorprende que sólo nos hermanemos momentáneamente ante las catástrofes naturales. Pareciera que nuestra naturaleza cotidiana cívica es la indiferencia, o el franco encono.
Recuerdo que cuando era niño, unos vecinos organizaba posadas a las que invitaban a todos los habitantes del edificio. Casi todos íbamos y llevábamos lo que fuera: lo importante era convivir un par de horas. También recuerdo que mi trato con los vecinos era muy cordial y como éramos pocos niños los que ahí vivíamos, las personas mayores siempre tenían un gesto amable al encontrarnos en las áreas comunes. Pero pasó el tiempo, y después de andar en varios lugares de la ciudad, la normalidad vecinal fue y ha sido el encono: que si el ruido, que si el perro, la música, o la basura. Pareciera que la empatía se murió, porque simplemente la comunicación se diluyó.
No sé qué pasó con la ciudad que fue. Recuerdo que la calidad del aire a finales de los ochenta y principios de los noventas era terrible, que los noticieros ya registraban muchos asesinatos; pero entre vecinos, en términos generales, no recuerdo ningún conflicto serio. La vida comunal o barrial se murió. Las películas de la “Época de oro” del Cine mexicano escenificaban las convivencias vecinales (posadas, fiestas de cumpleaños, velorios) en los corredores y patios de las vecindades y primeros condominios de entonces. Hoy los roofgarden de las zonas gentrificadas de la ciudad se convierten en after hours a los que nos les importa fastidiar a centenares de vecinos con música hasta las seis de la mañana, porque “es su derecho”.
Un dato curioso de la ENSU: mientras que los residentes de la alcaldía Benito Juárez, en la Ciudad de México, son las personas que se sienten más seguras en el país, también son los que tienen mayores conflictos con sus vecinos. En contraste, los habitantes de Fresnillo, en Zacatecas, en donde prácticamente todos se sienten inseguros por la criminalidad; registraron prácticamente nulos conflictos vecinales. En ambos escenarios, hay mucha política pública por hacer.
Con relación a la inseguridad, mientras a la delincuencia organizada no se le enfrente con inteligencia atacando sus activos financieros, se restrinja su movilidad (control vehicular nacional eficaz) y las armas (fronteras y aduanas coladeras), lo más probable es que empeoren las condiciones de seguridad. De hecho, de acuerdo con la misma ENSU, sólo 2 de cada 10 mexican@s cree que la seguridad mejorará.
Respecto a la conflictividad social, mientras las autoridades locales y las procuradurías sociales sólo les interese quedar bien, pero jamás aplicar la ley, para que la ciudadanía le tolere sus robaderas al erario a cambio de permitirles apropiarse de calles y banquetas, seguiremos cayéndonos mal.