Cuando leí El largo camino hacia la libertad de Nelson Mandela, comprendí que la lucha por la justicia no es una carrera corta, sino una travesía larga, compleja y a veces dolorosa. Mandela pasó 27 años en prisión por atreverse a soñar con un país donde todos fueran libres e iguales. Y, cuando fue liberado, no eligió el rencor, sino la reconciliación. Nos enseñó que el verdadero liderazgo se ejerce desde el amor al pueblo, no desde el resentimiento.
Pienso en eso ahora, al recordar una conversación que tuve ayer con una persona a la que admiro profundamente. Hablábamos del significado de que una mujer saliera al balcón de Palacio Nacional para dar el Grito de Independencia. Para mí, esa imagen representa una reivindicación histórica para las mujeres de México.
Con su claridad y su experiencia, me recordó que no es sencillo caminar en la vida pública de este país. Que, para las mujeres, y especialmente para las mujeres indígenas, todo es adverso.
Hoy quiero dedicar estas líneas a ella. Decirle que me siento profundamente orgullosa de verla como representante del pueblo, de las mujeres indígenas y de la diversidad. Su ejemplo es inspiración para muchas de nosotras que decidimos romper los paradigmas establecidos, esos que durante tanto tiempo impusieron a las mujeres un destino único y limitado.
El camino es adverso, sí. Sin embargo, es el que nos toca recorrer a quienes no nos conformamos con lo estructuralmente establecido. Mandela lo entendió: cambiar el rumbo de una nación significa incomodar, desafiar lo impuesto y soportar el peso de las críticas. Significa poner el cuerpo, el nombre y, a veces, hasta la propia libertad en juego. Pero siempre que haya amor al pueblo, siempre que la causa que nos mueve sea justa y nazca del amor, todo habrá valido la pena.
Las mujeres mexicanas sabemos de largas luchas. Somos herederas de aquellas que defendieron la tierra, la lengua, la cultura y la vida en los momentos más oscuros de nuestra historia. Entre ellas, está Manuela Molina, heroína de la Independencia, que conspiró, organizó y sostuvo la lucha insurgente cuando parecía imposible. Ella nos recuerda que las mujeres siempre hemos estado ahí: no en las notas al pie de la historia, sino en el corazón mismo de la resistencia.
Las mujeres indígenas han luchado durante siglos por visibilizarse, por alzar la voz, por defender sus comunidades y su cultura. Ellas han resistido al despojo, a la discriminación y a la violencia estructural. Han cargado con el peso de las grandes desigualdades sistémicas, sin embargo, han sostenido la vida en sus manos que cultivan, respeto, solidaridad y esperanza en la defensa de sus derechos humanos. Por ello, ver a una mujer indígena y lesbiana en un escaño de representación, es el sueño cumplido de muchas mujeres indígenas, es la prueba viviente que el esfuerzo de las que estuvieron antes y las que siguen luchando no ha sido en vano. Pero también es un recordatorio que, aún queda camino por recorrer: causas por las que seguir luchando, hasta que todas las mujeres indígenas puedan ser lo que ellas quieran ser, sin miedo y sin pedir permiso.
El ejemplo de Mandela nos recuerda que la tarea es más grande que nosotras mismas. No se trata de proyectos personales, sino de construir un país donde todas y todos tengan cabida. Donde una niña indígena pueda soñar con ser presidenta y nadie se atreva a decirle que no puede. Donde una mujer lesbiana pueda caminar tomada de la mano de su pareja sin miedo. Donde ninguna persona tenga que elegir entre migrar o unirse a la violencia para sobrevivir.
Por eso, desde mi trinchera, desde mi trabajo, desde mi identidad como mujer de la diversidad, afirmo que las mujeres estamos aquí para servir a esta gran nación desde el amor. No se trata solo de ocupar espacios, sino de transformar la forma en que servimos a México. De demostrar que el liderazgo también puede ser compasivo, empático y profundamente humano.
Mandela escribió que “ser libre no es solamente deshacerse de las propias cadenas, sino vivir de una manera que respete y mejore la libertad de los demás”. Hoy más que nunca creo en esas palabras. Deseo que nuestra vida, nuestro trabajo y nuestras decisiones honren esa visión, para que quienes vengan detrás encuentren un camino menos pedregoso, menos hostil, más digno.
Nuestro largo camino hacia la libertad es también el de ellas, las que nos antecedieron y las que hoy siguen luchando. Y aunque sea arduo y a veces solitario, vale la pena recorrerlo, si lo hacemos desde el amor a las demás personas, a la justicia y a México.
Andrea Gutiérrez