Hay que hablar sobre un libro extraordinario de título “Los discursos nunca escuchados que habrían reescrito la historia”, de Jeff Nussbaum.
Aunque muy anglosajona, es una antología excepcional de piezas retóricas que por primera vez ven la luz de esta manera sistemática. Contiene discursos elocuentes que no solo pintan de cuerpo entero a sus autores o autoras, sino que nos muestran el contexto histórico, político, económico en el que no se pronunciaron y además, nos dejan avizorar lo que pudo haber sido, de una manera muy interesante.
Está el del Rey Enrique VIII de Inglaterra rehusándose a abdicar al trono (1936); el del Eisenhower pidiendo perdón por la fracaso de la invasión del día D en la segunda guerra mundial (1944); el del Kennedy explicando la operación militar que habría destruido exitosamente el arsenal nuclear ruso en Cuba (1962) y el que habría pronunciado en el primer evento en Dallas el 22 de diciembre (1963), día de su proditorio asesinato; el del Nixon de 1974 rehusándose a renunciar; el de Condoleezza Rice, Asesora de Seguridad Nacional de Presidente George Bush JR, que habría explicado la política exterior del régimen el día 11 de septiembre de 2001, fecha del ataque terrorista a las torres gemelas.
Tristemente inéditas en algunos casos y felizmente inauditas en otros más, cada una de estas piezas oratorias tienen un capítulo en el libro. Salpicadas de anécdotas reveladoras, el autor nos regala la historia de cómo fue concebido cada texto así como quienes, además del orador u oradora, contribuyeron a su redacción (a veces minuto a minuto) y versión final, el mensaje subyacente y los efectos, sobre todo políticos, pretendidos.
Con todo y que encuentro varios cautivadores, únicos, estrujantes o inspiradores, me parece que, por su resonancia actual, y por lo que vimos y padecimos de su contrincante durante los 4 años subsecuentes, el más conmovedor y elocuente tiene que ser el de Hillary Clinton, en el que se habría declarado vencedora de la elección presidencial de noviembre de 2016.
Llamando a la unidad, habría rechazado que el pueblo de los EEUU fuera definido por sus diferencias, que no había que permitir una nación arrastrada por el “nosotros contra ellos”, y recordaba que la democracia de su país se mantenía enhiesta y resplandecía renovada e impertérrita. Habría declarado que al aspirar a la unidad, la decencia y lo que el Presidente Lincoln había llamado “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”, se había enfrentado y resuelto el reto de decidir qué significaba ser norteamericano o norteamericana en el Siglo XXI.
Habría contado también haber conocido mujeres nacidas antes del derecho al voto, que habían tenido que esperar 100 años para esa noche; igualmente, haber hablado con pequeños niños y pequeñas niñas que no comprendían por qué nunca había habido una Presidenta de su país. Le cuento el resto el jueves.
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