La decadencia de los gobiernos, tiene como principal síntoma, su radicalización y tiende a ser la más crítica de las etapas previas a un estrepitoso final, sobre todo entre aquellos gobernantes que o fueron realmente incapaces de garantizar la estabilidad de sus sociedades, o bien, temen que el destape de sus crímenes, se hagan tan públicos, que buscan todos los recursos para enterrar entre los escombros de sus incapacidades, la brutalidad de sus delitos.
Cuando ya todo hacía prever que el sistema nazi llegaría a su fin, fundamentalmente después de la excretable operación “Barbaroja” (la invasión a la Unión Soviética), el debilitamiento del régimen los llevó al extremo de pretender borrar sus crímenes generando la peor etapa de persecución, exterminio y desaparición de cuerpos, de todos aquellos desdichados arrojados a sus campos de exterminio. La pira sacrifical del fracaso, se encontraba instalada en la plaza pública del Reich para lavarle la cara al sistema asesino.
Durante las peores etapas de la revolución francesa, cuando el asesinato de inocentes se convirtió en el sustento nutricional de la fanaticada empoderada (el denominado “termidor”), y donde hasta dar “gracias” era motivo de acusación judicial por recurrir a un símbolo del viejo régimen, la incapacidad de los advenedizos se quiso llenar con el terror de la guillotina: hordas de funcionarios primerizos, poco formados pero llenos de frustración, envidia y resentimiento, nutrieron las oficinas burocráticas envileciéndolas. Donde el único bien considerado es la lealtad al tirano, manifiesta ante todo por la ofrenda de cadáveres de todo aquello que eliminara ese espejo refinado de lo mejor de una sociedad a la que la revolución embarró de calumnias, hechas con toda la intención de legitimarse a sí mismos, a costa del envilecimiento de una Francia ilustrada que ni más ni menos había patrocinado la enciclopedia y uno de los mejores siglos de desarrollo humano. La gloria de la monarquía francesa se quiso exterminar con la vileza de una horda degradada, dirigida por un puñado de demagogos expertos en la difamación y el asesinato.
La injusticia de degradar al otro, trae consigo la pérdida de un patrimonio experiencial que ahorraría tantos traumas a las sociedades, pues el conocimiento de esas personas a las que se intenta degradar para ennoblecer las fantasiosas causas de un puñado de miserables, es el conocimiento de siglos de un patrimonio que bien usado, garantiza la estabilidad de una sociedad que no debe de ser obsequiada a nuevos que solamente tienen al resentimiento por contribución.
Una gran alianza entre el conocimiento heredado, y las nuevas aspiraciones de la sociedad, manifiesta en el acceso de nuevos sectores al poder, debiera de ser el rumbo prudente que un ejercicio de gobierno sabio, contribuyera a mantener una sociedad pacífica y estable.