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Lleva Rodrigo Sebastián González una paleta Dolphy al Everest

Lleva Rodrigo Sebastián González una paleta Dolphy al Everest

Tendencias domingo 07 de junio de 2026 -

Lleva Rodrigo Sebastián González una paleta Dolphy al Everest

Había algo diferente entre el equipo de Rodrigo Sebastián González cuando salió del Campamento 4 rumbo a la cima del Everest.

No era técnico, no era visible. Era una envoltura de paleta de limón Dolphy, guardada cerca del pecho, que había viajado con él desde México hasta los 8,849 metros del punto más alto de la Tierra.

Dolphy no es una marca cualquiera para él. Es el legado de su padre, José Luis González González, quien fundó la empresa de helados y quien también fue el primero en contagiarle el amor por las montañas. Cuando su padre murió, Rodrigo buscó una forma de honrarlo que estuviera a la altura de lo que él significó. Y encontró una: llevarlo al Everest.

Rodrigo no es alpinista. Es empresario y productor de cine mexicano, y él mismo lo deja claro sin titubear.
“Yo no soy alpinista, soy un turista alpino. Ofrezco todo mi respeto y admiración a los alpinistas de verdad, como Carlos Carsolio y Elsa Ávila, quienes fueron amigos cercanos de mi papá”, dijo.

Pero la ausencia de experiencia no fue excusa: fue el punto de partida. Entrenó como atleta de élite, transformó su alimentación y durmió más de 430 horas en una cámara hipóxica para aclimatarse. Aprendió técnicas de escalada en hielo desde cero. Escaló el Iztaccíhuatl, el Pico de Orizaba, el Cotopaxi y el Chimborazo, además de cumbres en los Alpes. Se mantuvo en aislamiento los meses previos para no arriesgar su salud.

El camino tampoco fue limpio: un intento al Aconcagua terminó en rescate en helicóptero tras desarrollar neumonía que derivó en edema pulmonar. Nada lo detuvo.

Para los momentos más oscuros en la montaña, Rodrigo adoptó una filosofía mínima pero irrompible: avanzar de a cuatro pasos. Cada uno, dedicado mentalmente a un integrante de su familia.

“Aunque tuve que hacer toda la tarea, tuve mucha suerte”, reconoció.

“Alguien ordinario puede hacer algo extraordinario. No me creía estar al nivel de todos los que veía llegar al campamento base”, dijo. Y sin embargo, llegó. Apoyado por la agencia de expediciones Furtenbach Adventures, se convirtió en uno de los 46 a 58 mexicanos en toda la historia que han coronado el Everest.

El momento que más atesora no fue pisar la cima. Fue lo que sacó de entre su ropa al llegar.
La envoltura de Dolphy. El recuerdo tangible de su padre, llevado en silencio durante toda la expedición como un amuleto y como una promesa.

“Viendo la sombra majestuosa del Everest proyectarse sobre la cordillera, lo primero que pensé fue: ‘Papá, soy yo’”, dijo González.

Subir esa paleta fue su manera de cerrar un círculo: llevar al hombre que le enseñó a mirar las montañas hasta el lugar más alto de la Tierra.

Rodrigo volvió a México, a su familia, a su trabajo y, según él mismo cuenta, a unos buenos tacos. Sin bandera —se dio cuenta de que no llevaba una hasta el Campamento 4, ya casi en la cima.







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PR/CR

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