Durante años, el sistema educativo mexicano ha transitado entre dos posturas aparentemente opuestas: evitar el rezago y la exclusión escolar, o garantizar aprendizajes sólidos mediante mecanismos más estrictos de evaluación. En medio de esa discusión emerge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿reprobar realmente mejora la educación o solamente exhibe las debilidades estructurales del sistema?
El debate cobró nueva fuerza tras la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en torno al Acuerdo 10/09/23 de la Secretaría de Educación Pública, que flexibiliza los criterios de evaluación, acreditación y promoción en educación básica. La decisión judicial respaldó la idea de que la excelencia educativa no depende únicamente de elevar índices de reprobación o endurecer reglas administrativas, sino de garantizar trayectorias escolares que permitan a niñas, niños y adolescentes permanecer y desarrollarse dentro del sistema educativo.
La resolución generó reacciones encontradas. Para algunos sectores, promover estudiantes sin que hayan consolidado conocimientos esenciales representa una simulación educativa que debilita la cultura del esfuerzo y reduce la exigencia académica. Desde esta perspectiva, avanzar de grado sin aprendizajes suficientes provoca vacíos formativos que más adelante se reflejan en bajos niveles de comprensión lectora, matemáticas o pensamiento científico.
Pero la discusión también obliga a mirar una realidad frecuentemente ignorada: quienes reprueban suelen pertenecer a contextos marcados por desigualdad social, violencia, pobreza o carencias emocionales y familiares. Muchas veces no fracasa solamente el estudiante; fracasa un entorno que no ofrece condiciones mínimas para aprender. Bajo esa lógica, la reprobación puede convertirse en un mecanismo que profundiza la exclusión en lugar de corregirla.
Sin embargo, tampoco puede caerse en el extremo contrario. Una escuela donde prácticamente nadie reprueba corre el riesgo de convertir la evaluación en un trámite administrativo vacío. La educación no puede limitarse a producir estadísticas de aprobación favorables mientras los aprendizajes reales se debilitan. El desafío consiste en evitar tanto la cultura del castigo como la simulación académica.
La verdadera discusión, entonces, no es únicamente si debe existir o no la reprobación. El fondo del debate está en definir qué significa realmente la excelencia educativa. Porque la excelencia no puede reducirse a números en una boleta, pero tampoco puede sostenerse sin aprendizajes verificables y sólidos.
Quizá lo que necesitamos es un cambio de enfoque y debamos entender que la evaluación no como un instrumento de exclusión, sino como una herramienta de acompañamiento. Evaluar debería permitir identificar rezagos oportunamente, fortalecer tutorías, diseñar estrategias de recuperación académica y brindar apoyo integral a estudiantes que enfrentan dificultades. Reprobar, en teoría, tendría que ser la última alternativa y no la respuesta automática frente a los problemas educativos.
No obstante, la preocupación social persiste. Existe el temor de que la flexibilidad en la evaluación termine debilitando la exigencia académica y enviando el mensaje de que el esfuerzo dejó de ser importante. Esa inquietud no es menor, particularmente en un contexto donde México enfrenta rezagos acumulados tras la pandemia, brechas tecnológicas y serias dificultades en comprensión lectora y pensamiento matemático.
Por ello, la discusión requiere mayor profundidad y menos simplificaciones. La excelencia educativa no puede construirse desde la lógica del castigo, pero tampoco desde la complacencia institucional. Exigir aprendizaje sigue siendo indispensable; lo verdaderamente injusto sería exigirlo sin ofrecer condiciones reales para alcanzarlo.
Tal vez el verdadero fracaso no sea que un estudiante repruebe. El verdadero fracaso sería sostener un sistema incapaz de enseñar, acompañar y garantizar que cada alumno tenga oportunidades reales de aprender y desarrollarse plenamente.
Dra. Rosalía Zeferino Salgado
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de MUJERES UNIDAS por la EDUCACIÓN (MuxED)