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Según Platón, las formas de gobierno o politeias (constitutio, en latín), forman parte de un entramado cíclico (anaciclosis) que se relaciona con el estado anímico de la sociedad sobre la que rige. Siendo explícito, la democracia, por ejemplo, sería, no solamente para el pensador ateniense, sino prácticamente para todo Occidente, la peor de las formas de gobierno -por lo menos hasta el s. XVIII-, tiene en sus entrañas el germen de la tiranía.
La democracia, es un término complejo: demos, que significa “pueblo pobre” -sí, con ese complemento clasista-, y krátos, que es “poder”: “el poder del pueblo pobre”. La cosa va teniendo más substancia conforme profundizamos, pues la noción platónica evidencia la susceptibilidad de las sectores desfavorecidos, para seguir a todo aquel en cuyo discurso incorpore reivindicaciones reales -o ficticias-, sobre beneficios al demos, como redistribuir la riqueza de los potentados, entre una masa desordenada e ignorante, dispuesta a ofrendar su existencia al “vengador amado”.
El conflicto clasista abierto por la redistribución de la riqueza, inicia una tensión desequilibrante de los poderes que constituyen el orden político, provocando lo que en griego se denomina stasis -”lucha de facciones”-. Una facción es un sector que actúa motivado por intereses grupales, y no por el todo, que es el ideal de una república justa. Las facciones se contraponen e inician una lucha permanente que descompone la vida pública, que entroniza a sus líderes, amparados en su discurso justiciero, al que le endilgan sus crímenes, aunque solamente utilicen la palabrería y la venganza como medio para hacerse del poder total, eliminando a una posible oposición. Solamente las élites educadas pueden destrozar los pretextos demagógicos, alertando al pueblo de que los están engañando.
La apropiación del poder, a partir del conflicto entre facciones, se llamará tiranía, y a estas no les gustan las confrontaciones con intelectuales. La violencia se transforma en el único cimiento que garantiza la perdurabilidad de un sistema que nace y vive del conflicto. El problema con semejante condición, es qué tanto la soportan todos los habitantes, pues normalmente la concentración de poder conlleva a una descomposición rápida, producto de los excesos de los advenedizos, que tarde o temprano hartan y provocan su caída.
El desastre de los tiranos, procrea una aspiración popular al orden. Cuando hartan los violentos, dirá Platón, se repite el ciclo de apreciar un sistema justo, aunque fuerte. A decir del ateniense, la monarquía sucederá a la democracia pues la ejemplaridad de uno sólo, acaba con el desorden vil de los muchos arrodillados al tirano, y ya cuando la monarquía se descomponga, seguirá una timocracia, y a ésta una oligarquía, y luego una democracia nuevamente, sucediéndose ciclos de perdurabilidad variada, mezclada con los niveles de tolerancia de cada sociedad.