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1810: Incandescencia libertaria

1810: Incandescencia libertaria

Columnas martes 15 de septiembre de 2026 -



Cada 16 de septiembre México vuelve a la madrugada en que una campana dejó de llamar a misa para convocar a la historia. En Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, sacerdote ilustrado, lector de ideas prohibidas y protector de indígenas y desposeídos, convirtió la inconformidad dispersa en insurrección. Su voz no proclamó una patria terminada: la inventó y la puso en movimiento.
Hidalgo fue un hombre de su tiempo y, al mismo tiempo, uno que se adelantó a él. Enseñó oficios, promovió el cultivo de la vid y la morera, alentó talleres y miró en los pobres no súbditos resignados, sino seres humanos capaces de gobernar su destino. Cuando levantó el estandarte de la rebelión, aquella multitud contradictoria y turbulenta que lo siguió hizo visible una verdad hasta entonces soterrada: la Nueva España ya no podía contener la voluntad de convertirse en nación.
Su decreto de abolición de la esclavitud, expedido en Guadalajara en 1810, dio a la lucha una dimensión moral que trascendía la disputa por el poder. La independencia debía significar también dignidad. Derrotado, capturado en Acatita de Baján y fusilado en Chihuahua el 30 de julio de 1811, Hidalgo enfrentó la muerte con la serenidad de quien sabía que las causas justas pueden perder batallas sin desaparecer. Su cabeza, exhibida durante años en la Alhóndiga de Granaditas, quiso ser escarmiento; terminó convertida en acusación perpetua contra la tiranía.
Pero la llama no murió. José María Morelos y Pavón la recibió y le dio forma, disciplina y horizonte. Si Hidalgo fue el relámpago, Morelos fue la arquitectura de la tormenta. Arriero, sacerdote y estratega excepcional, el generalísimo comprendió que no bastaba con rebelarse: era necesario fundar instituciones, organizar ejércitos y escribir los principios de la nueva nación.
En los Sentimientos de la Nación, presentados ante el Congreso de Chilpancingo en 1813, Morelos condensó un programa político de extraordinaria modernidad: independencia absoluta, soberanía popular, división de poderes, igualdad ante la ley y moderación de la opulencia y la indigencia. Quería una América libre, pero también justa; una patria en la que la libertad no fuera privilegio de unos cuantos.
Capturado en Temalaca, degradado por la autoridad eclesiástica y fusilado en Ecatepec el 22 de diciembre de 1815, Morelos murió sin contemplar la victoria. Como Hidalgo, cayó cuando la independencia parecía todavía improbable. Ambos fueron vencidos por las armas, pero vencedores en el territorio más duradero: la conciencia y la memoria de un pueblo.
Recordarlos no es repetir ceremonias ni convertirlos en estatuas. Es escuchar nuevamente el tañido de Dolores y la voz austera de Chilpancingo. Hidalgo despertó a la nación, creándola; Morelos le escribió un destino. Los dos entregaron la vida para que México pudiera pronunciar, por primera vez y para siempre, su propio nombre; merezcamos su sacrificio.
@ElConsultor2



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