Hubo un tiempo en que mis calificaciones no decían nada extraordinario sobre mí. Al contrario. Fui de esas alumnas que no encajaban precisamente en la definición de “estudiante ejemplar”. Incluso reprobé un año.
Si alguien hubiera intentado adivinar mi futuro mirando únicamente aquella boleta, probablemente se habría equivocado.
Y quizá de eso hablamos muy poco.
Desde pequeños aprendemos a traducir nuestra capacidad en números: diez significa brillante; seis, apenas suficiente; cinco, fracaso. Como si una cifra pudiera medir la curiosidad, la disciplina que todavía no descubrimos, la inteligencia que aún no sabemos utilizar o las circunstancias que atravesamos en determinado momento de la vida.
Yo fui aquella alumna de malas calificaciones.
Pero las cosas no estaban dichas.
Años después llegué a estudiar la licenciatura en Derecho y algo cambió. Tal vez encontré aquello que verdaderamente me apasionaba. Tal vez maduré. Tal vez aprendí a estudiar. Tal vez, simplemente, llegó mi momento.
Me convertí en una de las alumnas con mejores promedios.
Mi desempeño académico llegó al punto de recibir, de manos de quien entonces era presidenta municipal de Puebla capital, un reconocimiento por aprovechamiento académico. No se trataba solamente de competir dentro de mi universidad: aquel reconocimiento reunía a estudiantes destacados de las instituciones que ofrecían la licenciatura en Derecho en Puebla. Ahí estaban alumnos de la BUAP, la Escuela Libre de Derecho, la UDLAP, la IBERO, la UMAD y otras universidades.
A veces pienso en aquella escena y en la niña que alguna vez reprobó un año. Esa niña nunca imaginó que llegaría a ser doctora en Derecho.
Me habría gustado decirle: no te preocupes tanto, las cosas todavía no están dichas.
Porque después vinieron otros escenarios que tampoco aparecían escritos en aquellas primeras boletas.
Esa misma alumna llegó a Oxford como ponente en dos ocasiones. Llegó a Ginebra, a la Organización Mundial de la Salud. También ha participado en encuentros académicos en Brasil e Italia, en la Universidad de Insubria, así como en la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Alicante y muchos otros espacios.
No cuento esto para hacer un inventario de logros. Lo cuento porque existe una enorme diferencia entre decir “esto he conseguido” y decir “esto demuestra quién soy”.
Mis logros tampoco me definen por completo, de la misma manera que mis tropiezos escolares no pudieron hacerlo.
Ese es, quizá, el punto.
Ni el cinco que alguna vez obtuvimos es una sentencia, ni el diez es una garantía.
Una calificación evalúa algo concreto, bajo determinadas reglas, en determinado momento. Pero difícilmente puede medir todo lo que una persona llegará a ser.
Hay estudiantes extraordinarios que atraviesan malos momentos. Hay inteligencias que despiertan tarde. Hay talentos que la escuela tradicional no sabe reconocer. Hay personas que necesitan equivocarse antes de encontrar aquello que las apasiona. Y hay quienes simplemente necesitan tiempo.
Reprobar no debe romantizarse. Estudiar importa. La disciplina importa. Prepararse importa. Hacerse responsable de nuestras decisiones también importa.
Pero una cosa es asumir las consecuencias de un mal resultado y otra muy distinta convertir ese resultado en identidad.
“No sirves.”
“No eres inteligente.”
“No vas a llegar lejos.”
Esas frases pueden pesar mucho más que cualquier cinco escrito con tinta roja.
Por eso deberíamos tener especial cuidado cuando hablamos con un niño, un adolescente o un joven que está atravesando un fracaso académico. Podemos corregir sin sentenciar. Podemos exigir sin humillar. Podemos señalar que algo salió mal sin hacerle creer que él está mal.
Yo reprobé un año.
Años después fui reconocida por mi desempeño académico y me convertí en doctora en Derecho.
Después vinieron Oxford, Ginebra, Brasil, Italia, Madrid, Alicante y otros lugares que aquella niña habría considerado demasiado lejanos.
No sé qué vendrá después. Habrá otros tropiezos, nuevos aprendizajes y, quizá, lugares que hoy todavía no alcanzo a imaginar.
Porque tampoco ahora las cosas están dichas.
Ninguna versión de nosotros mismos tiene por qué ser la definitiva.
También somos lo que corregimos, lo que aprendemos después de equivocarnos y las decisiones que tomamos cuando nadie espera demasiado de nosotros.
Si hoy una boleta parece decir que no eres suficientemente bueno, recuerda esto:
una calificación habla de un momento de tu vida; no tiene autoridad para escribir tu futuro.
Lo sé porque fui esa niña.
Las cosas no están dichas.