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8:46: tiempo mortal

8:46: tiempo mortal

Columnas jueves 11 de junio de 2020 - 01:25

La presente columna fue co-escrita con el especialista en derecho penal anglosajón, Dr. Daniel Velarde.

El 25 de mayo, George Floyd —persona afroamericana— fue asesinado por haber pagado en una tienda con un supuesto billete falso de 20 dólares.
Su detención es una icónica imagen sobre el abuso de poder. Durante 8 minutos y 46 segundos un policía de Minneapolis presionó con su rodilla el cuello de Floyd, quien se encontraba sometido y esposado, exclamando que estaba siendo asfixiado, hasta que murió.
Otros policías observaban a distancia, mientras la gente pedía auxilio para el detenido. Con el poco aliento que tenía, Floyd reiteró la frase que ha quedado como consigna de la lucha centenaria por la discriminación racial en EU: “no puedo respirar”.
La presión social, disturbios, marchas y movilizaciones, trajeron consecuencias. Las autoridades de Minnesota se vieron obligadas a procesar penalmente al oficial Derek Chauvin, quien fue acusado de homicidio en tercer grado conforme al Código Penal del Estado. Este homicidio es equiparable a uno de tipo culposo por mostrar indiferencia a la vida de los demás.
La respuesta fue insuficiente y percibida como una burla a la indignación. A pesar de que han transcurrido más de 150 años desde que el presidente Lincoln impulsara las enmiendas Decimotercera —abolición de la esclavitud— y Decimocuarta —igualdad de todas las personas sin importar su raza— de la Constitución estadounidense, en la comunidad afroamericana aún retiembla la voz de Luther King en su discurso de 1963: I have a dream —yo tengo un sueño—: “no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.
Las voces que claman por justicia comienzan a influir en el poder público. El 3 de junio se ampliaron los cargos para incluir homicidio en segundo grado. Según la legislación de Minnesota, este tipo de homicidio, entre otras hipótesis, se actualiza cuando el sujeto activo del delito —en este caso el policía— estuviera cometiendo otro grave y, como resultado del mismo, una persona muere. A esta figura se le denomina: “Felony Murder Rule” en el derecho anglosajón, y es la conducta que se atribuye a Chauvin, quien primero lesionó a la víctima y ello le produjo la muerte.
Bajo el cargo de homicidio en segundo grado, no es necesario comprobar la intención de privar de la vida a la víctima, basta acreditar que se estaban ocasionando lesiones graves a Floyd —delito grave— y que, como resultado de éstas, le sobrevino la muerte.
Indigna que en pleno siglo XXI sea la sociedad quien tenga que enseñarles a las autoridades el camino a seguir tratándose del respeto a los derechos humanos y la igualdad; pero sin duda, es también alentador que sea la sociedad quien imponga el orden.

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/CR

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