La lucha libre o pancracio, como también se le conoce, posee características únicas que ningún otro espectáculo deportivo puede ofrecer. El luchador profesional es un atleta consumado que posee cualidades físicas especiales, tales como agilidad, fuerza, elasticidad, valor a toda prueba, y una depurada técnica adquirida a costa de grandes esfuerzos y sacrificios. No cualquiera puede llegar a ser luchador; aquel que pretenda la fama y el éxito, deberá pasar antes por una serie de exámenes rigurosos para demostrar que no es un improvisado. Además, el profesional de la lucha libre debe tener, ante todo, un respeto absoluto hacia el público y el espectáculo.
Quienes no conocen de lucha libre suelen pensar que todo en ella es una farsa; que aquello que sucede arriba del cuadrilátero es fingido y está arreglado. Sin embargo, es una idea inexacta y cargada de prejuicios, pues si bien es cierto que un “match” encierra una buena carga de fantasía, la lucha libre es real. Su secreto radica en que el gladiador tiene como objetivo la rendición del oponente para ganar. Lastimar por lastimar está fuera de la ética del profesional. Un gladiador deberá saber rendirse a tiempo para evitar lesiones serias. Luchar es entretener y provocar pasión. Cuidar de no ser lastimado y vencer es el plan de cada día en la vida de un gladiador. Cuando aplica llaves y contrallaves, topes y vuelos, el luchador debe dejar hacer al rival, ya que de otra manera ambos podrían sufrir golpes o caídas de consecuencias serias. La clave principal es poner los músculos al servicio de la inteligencia para obtener la victoria.
Por otro lado, el gladiador profesional es también un mimo, un actor que, llegado el caso, es capaz de fingir todas las pasiones humanas: dolor, tristeza, enojo, indignación, etcétera. Recurso más que válido para engañar al oponente y hacer que el espectador reaccione de tal o cual manera. La historia de la lucha registra ejemplos notables de gladiadores –verdaderos psicólogos de las masas– que han sabido manejar el estado de ánimo del público para favorecer a su causa.
Pero el deporte-espectáculo de los costalazos va mucho más allá; la presencia del público es en realidad una omnipresencia, dado que forma parte integrante de él. Ningún otro deporte profesional ofrece la oportunidad de una interacción atleta-público de similares características. Los luchadores y el respetable dialogan, discuten y, en no pocas ocasiones, hasta riñen entre sí. El público asistente a la arena es un espectáculo en sí mismo. Acudir a las luchas implica una actitud especial; es casi como formar parte de un ritual. Al final, el espectador se desahoga emocionalmente y habrá olvidado las tensiones y problemas de la vida cotidiana. Todo el mundo sale feliz y contento de la arena, comentando entre risas lo que acaba de ver.
El pancracio es un deporte-espectáculo eminentemente popular, pero no en el sentido económico, pues tiene adeptos entre todas las capas sociales. Es popular, porque sus mayores estrellas llegan hasta las más apartadas y modestas arenas, aún las que se encuentran en ciudades pequeñas. El aficionado a las luchas es el único, a diferencia de los demás, que puede codearse con sus ídolos, verlos cara a cara y solicitarles una foto o un autógrafo, sin importar su jerarquía. No tiene más que esperar a que los grandes luchadores lleguen a presentarse en su localidad.
La lucha libre llegó a México en 1933, importada desde Estados Unidos por el empresario Salvador Lutteroth. En muy poco tiempo desarrolló un estilo propio cien por ciento nacional. Es, sin duda, uno de los productos más acabados y auténticos de la cultura popular mexicana. Hasta el jueves…