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Columnas
La publicación de los habituales adjetivos que lanzan al Presidente Andrés Manuel López Obrador llena de entusiasmo a todos los mexicanos, algunos porque creen que con lanzar esos epítetos hacen política o forman parte de la disidencia, su “participación” es inocua; por el otro, porque se demuestra que ahora sí hay libertad de expresión en México.
Anteriormente, empelados, burócratas y, sobre todo, colaboradores cercanos le llamaban al Presidente “Patrón”, “El Señor”, cuando la mayoría de ellos eran basura. El pasado pesa aún mucho para algunos que suspiran incluso, por la monarquía. Para ellos si una persona que no tiene soldados y guardaespaldas a su alrededor no puede ser mandatario de ningún país.
Este culto a la personalidad, nostalgia por el pasado, rechaza la transición de tlatoani a mandatario, añoranza que como ancla en el pasado caracteriza a los conservadores
Basta con leer aunque sea superficialmente la historia reciente del país para darnos cuenta de que más de uno de esos patrones debería estar en la cárcel. Malbarataron las riquezas del país que pertenecen a todos los mexicanos y desde esa tribuna de manipulación y engaños, lanzas insultos que representan su única participación política.
A pesar de estos intentos por hacer del actual presidente un mandatario más de México, las cuentas no les salen. Acostumbrados a ver la historia como la repetición de hecho y protagonismos rutinarios en la política, la realidad los apabulla, de ahí su urgente necesidad de insultar ante la falta de argumentos.
Si alguien no asiste a los restaurantes de lujo, o se traslada en carros blindados y de modelo reciente carece de investidura. Si no tenían corona no eran reyes, y así quieren no solo ver como un Presidente del montón a López Obrador sino a un presidente sin trascendencia social ni relevancia histórica.
Nadie quiere que lo considere un héroe pero sí alguien muy lejano a sus antecesores desde hace un siglo. Un presidente que desmorona una oposición radical aunque sin proyecto debe tomarse en cuenta. Las transformaciones en la conciencia de la población, donde los ciudadanos ya no se dejan engañar por los medios manipuladores, hace historia en México, país acostumbrado a tomar a pie juntillas todo lo que emitían los imaginativos medios.
Para quienes todo es igual, el tiempo no pasa y los políticos son corruptos en su totalidad, no necesitan de los programas sociales, ni conocen las libertades, ni invierten en ningún lado, ni advierten los cambios por vivir en una esfera de cristal que impide ver hacia afuera. Están condenados a no ver la realidad, con la que siempre estarán inconformes pero nunca hacen nada para cambiarla simplemente la critican desde la comodidad que les ofrece la posibilidad de instalarse en esa cárcel de apatía e ignorancia. Bienvenida la disidencia con inteligencia.