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Amargura sinfónica. Israel González Delgado

Amargura sinfónica. Israel González Delgado

Columnas miércoles 06 de julio de 2022 -

Ayer conversé con un amigo sobre la publicidad que está haciendo la orquesta filarmónica de algún lado para vender su abono de temporada, o boletos para un evento específico, ya no recuerdo. Lo interesante es que, antes de ofrecerlos, hace una larga diatriba sobre el supuesto plagio que Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, le hizo a Beethoven, y luego a un arreglista de segunda fila, que también (supongo) plagió a Beethoven en primer lugar. No escatima en su desprecio al programa de comedia del mexicano, al que califica, enigmáticamente, de “denigrante”. No tiene demasiado sentido porque denigrar es injuriar, causar un agravio a la fama pública de una persona. ¿A quién ofende un chiste bobo? Pero este tipo de desplantes es muy común en muchos de quienes viven de la “alta cultura”, suponiendo que eso exista, porque es discutible.

Voltaire, en una de sus mejores frases, decía que el mejor estómago no es el que rechaza todos los alimentos. A lo que se refería, por supuesto, es a esas personalidades inseguras, cuya complicada infancia y solitaria adolescencia empuja a fijarse estándares falsamente elevados para disfrutar la vida. A los mamones que desprecian todo lo popular, pues. Hay excepciones, como las hay en todo, pero la historia del intelectual elitista y despereciativo es común.

Empieza con un niño demasiado débil como para imponerse físicamente a cualquiera de sus compañeros, demasiado torpe como para patear el balón eficientemente, y demasiado inexperto como para saber que todos podemos reinventarnos, con mucha práctica y algo de suerte. Los años van pasando y el niño aprende que, a diferencia de los otros niños, los libros, los videojuegos y las fantasías de empoderamiento (como de superhéroes, o de exploradores espaciales) no lo discriminan. Como las personas asumen que la vida compensa, el entorno asume que ese pequeño enclenque debe ser inteligentísimo (de lo contrario no sería tan malo en los deportes). Y entonces el marginado del patio dedica más tiempo a hacer sus tareas y le quedan más derechas las planas; se junta con los otros dos que son como él (si tiene suerte de encontrarlos); las planas se convierten en reportes de lectura y las sumas en ecuaciones.

El prejuicio se vuelve una profecía autocumplida y el jovencito está entre los primeros de su clase, le dan sus plaquitas de metal y sus diplomas al final del año. Los parientes, profesores y adultos en general (que importan un carajo para la integración entre los pares) alientan ese comportamiento, porque los últimos en el patio serán los primeros en la vida (es falso, por cierto, y es criminal reforzar esa creencia). Las cosas no van mucho mejor en los descansos, ni en las fiestas, ni en las citas.

Porque resulta que lo importante en la vida es el aprendizaje, no el estudio por el estudio mismo, y ese requiere de experiencia además de lecturas, que por muchas que sean, para una persona de 12 o 15 años, siempre son pocas y siempre están revueltas; es un aguardiente de base para un coctel interesante cuando madure, nada más.

Y así, luego de algunos años de inercia, la persona subvierte su ostracismo, hace un clique con otros resentidos (que ahora son adultos muy interesantes), y deciden que ahora ellos marginarán a casi todos; por no entender una referencia, por no haber leído un clásico, por no reconocer una sinfonía. Y de compartir referencias de cultura popular, disfrutar una película palomera, una canción de pop, o un café azucarado, ni hablar; eso es para los inferiores. Lo que no ven estas víctimas de su propio pasado es que no es el mundo, ni la sociedad, quien pierde cuando ellos se apertrechan en una torre de marfil que a nadie le importa. Se convierten en el estereotipo de quienes los despreciaban antes, y su gran redención consiste en volverse amargados que saben citar al pie de página. Ha nacido un esnob. Y lo más triste de todo, es que detrás de ese refugio intelectual que se construyó hay un conjunto de facilidades estructurales que lo hacen posible. Porque si a ese pedante precoz lo cambian de cuna en el hospital, el que se estaría riendo con los chistes de Chespirito, sería él. Y por eso no es ni mejor, ni peor que otros.


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