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Arte para des-aprender

Arte para des-aprender

Columnas lunes 06 de abril de 2020 - 01:06

Si algo distingue al arte Latinoamericano, nos dice Juan Acha, es la necesidad de formular los problemas oriundos de una realidad tercermundista. A menudo creemos que el arte contemporáneo, hecho en este lado del mundo, es una copia de los países más adelantados. Pensamos que es el reflejo de la imposición cultural que los centros mundiales hacen a la periferia. Y sin embargo el arte latinoamericano, a pesar de ser una mezcla que combina referencias que no siempre son oriundas, es una narración que está conectada con los de abajo.
Un ejemplo lo encontramos en las prácticas de arte conceptual de la década de los 70. La crítica Andrea Giunta, en su libro: ¿Cuándo inicia el arte contemporáneo en América Latina? dice que mientras el arte conceptual anglosajón se preocupó por el significado analítico de la obra en la historia del arte, las prácticas conceptuales en Latinoamérica tuvieron una incidencia clara en una realidad cargada de problemas sociales urgentes de visibilizar.
El arte conceptual fue un medio de crítica y denuncia política en la segunda fase del siglo XX. En países como Chile y Argentina ayudó a denunciar los abusos de las dictaduras militares y a recuperar la memoria histórica. En otros casos, los conceptualistas se aliaron con luchas populares. Como sucedió con Tucuman Arde una experiencia integral de arte y sociedad donde artistas, escritores y activistas se unieron a la lucha de una localidad campesina, en una de las regiones más pobres de Argentina, usando el arte para organizarla.
Podríamos hablar de numerosos ejemplos de arte de avanzada politizado y comprometido con los menos favorecidos en la sociedad, pero: ¿quiénes realmente se están beneficiando con ello, si reconocemos que los derechos culturales son una realidad imposible para la mayoría? El arte crítico y políticamente comprometido ya no es suficiente; necesitamos aspirar a “justicia cognitiva”, justicia cultural y perceptiva.
Estamos en un momento delicado. Para las ciencias sociales la combinación de varios factores críticos es algo inminente (colapso ecológico, colapso financiero, violencia por la desigualdad, crisis migratoria y degradación psíquica por el consumo) y pondrá en riesgo a la civilización global.
No podemos escapar de ello, si no damos un giro. Y el giro tiene que ver con cambiar los significados que guían el sentido de nuestra conducta cotidiana. No lo olvidemos: “Lo personal es político”. La crisis nace arriba, pero se reproduce en nuestros actos cotidianos.
Necesitamos un arte más radical que nos transmita el sentido de que otro mundo sí es posible. El arte como herramienta cognitiva sirve para des-aprender lo que han hecho de nosotros. Como herramienta política tiene que hablarnos de otros conceptos de desarrollo y bienestar. La radicalidad es replantearnos seriamente el significado de lo que estamos haciendo en y con el mundo.
Más allá de modas, las artes nos enseñan mucho sobre cómo replantearnos la percepción de las cosas. Pero no seamos idealistas, no habrá un arte lo sumamente potente como para crear cambios sociales masivos si antes no resolvemos las cuestiones básicas.
El arte es un recurso cognitivo, que al mostrar otras posibilidades de la realidad, genera poder en las personas y por ello se debe masificar, pero eso no está ocurriendo por la desigualdad. Debemos tomarnos muy en serio que para resolver los problemas globales debemos enfrentar el tema de redistribuir la riqueza económica, aunque algunos no lo acepten, y el poder cognitivo (la educación, las artes y la cultura) si es que queremos girar y sobrevivir.







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/CR

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