La reciente crisis que se ha desatado en torno al envío de petróleo mexicano a Cuba pone en evidencia una encrucijada delicada entre la solidaridad humanitaria y la realpolitik que impera en las relaciones internacionales. La administración de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, firmó una orden ejecutiva que declara una “emergencia nacional” respecto a Cuba y establece la posibilidad de imponer aranceles a cualquier país que suministre petróleo a la isla, con el claro objetivo de asfixiar su economía y presionar por un cambio de régimen.
Estados Unidos ha definido al gobierno cubano como una “amenaza extraordinaria” para su seguridad y ha condicionado la continuidad de un suministro energético esencial a un pago económico y político que pocos gobiernos están dispuestos a enfrentar. México, que tras el bloqueo de los suministros venezolanos se había convertido en uno de los últimos proveedores significativos de petróleo para Cuba
La realidad en Cuba es dramática. Con apenas reservas de entre quince y veinte días de combustible, la isla enfrenta apagones prolongados, colapsos en la generación eléctrica y una escasez que impacta hospitales, transporte y alimentos —una verdadera catástrofe humanitaria que va más allá de las disputas ideológicas. En este contexto, la respuesta del gobierno mexicano ha sido articulada con cautela: la presidenta Claudia Sheinbaum ha defendido la idea de buscar alternativas que permitan continuar con la ayuda humanitaria sin poner en riesgo la economía mexicana frente a posibles aranceles estadounidenses.
Criticar el envío de petróleo a Cuba únicamente con base en las amenazas de Trump es caer en la trampa discursiva de Washington. La ayuda humanitaria no es un capricho ideológico, sino una responsabilidad moral que México ha compartido históricamente con países en crisis, aunque ello implique tensiones con potencias hegemónicas. Confraternizar con la población cubana en momentos de escasez extrema es una expresión de solidaridad más que de alineamiento político con un régimen.
Sin embargo, esta solidaridad no puede ser un acto ingenuo. México enfrenta un mundo en el que sus decisiones económicas repercuten en su relación comercial con los Estados Unidos, su principal socio. La amenaza de aranceles representa un riesgo real para sectores productivos mexicanos y obliga a pensar estrategias que protejan tanto a quienes sufren en Cuba como la estabilidad económica de México.
La pregunta no es si México debe ceder a las amenazas, sino cómo puede articular una política exterior que combine ayuda humanitaria con defensa soberana de sus intereses. Suspender el envío de petróleo sin condiciones sólo cedería ante la injerencia de una potencia que instrumentaliza la energía como arma política. México debe explorar mecanismos multilaterales, diplomáticos y logísticos que permitan asistir al pueblo cubano sin hipotecar su desarrollo ni su soberanía frente a presiones externas.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
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