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Bullying homicida

Bullying homicida

Columnas jueves 23 de marzo de 2023 -


Luego de los hechos que culminaron en la trágica muerte de la estudiante de secundaria, Norma Lizbeth, a causa de las agresiones de otra estudiante de la misma escuela, el acoso escolar vuelve a estar en el ojo público.

Hay dos posturas prevalentes en la narrativa sobre el bullying si bien una de ellas no se suele expresar en público, y menos cuando el homicidio de una menor de edad está tan fresco en la opinión pública. En primer lugar, están los que dicen que esta es una generación de mazapanes que por cualquier cosa chillan y que en sus tiempos era peor; como si hubiera algo de envidiable en haber sufrido abusos y ahora ser apologeta en su reproducción; en segundo lugar, los que creen que es una manifestación de violencia que no sólo debe ser erradicada por completo y tratarse con la misma intransigencia que cualquier violencia a gran escala (todos lo quisiéramos), sino que efectivamente PUEDE erradicarse por completo, es decir, que no es un elemento inherente a la configuración social dentro de las escuelas.

La tercera postura, que no es tibia sino más realista, encuentra que entre la crueldad resentida y la ingenuidad sonámbula, debe existir un modo de hacer algo. Creo que salvo un grupo de psicólogos y pedagógos, los demás ni siquiera nos hemos hecho las preguntas adecuadas sobre el tema, para variar. ¿Qué es el bullying y cuándo deja de serlo para convertirse en otra cosa?

Es peligroso que se trate el homicidio de una niña sólo como un caso de “bullying que fue demasiado lejos”. No. Esos hechos ya fueron una agresión en riña cuyas lesiones costaron la vida a la víctima. Hay un marco legal establecido y muy claro para las personas que causan lesiones a otra y la privan de la vida, y lo ha habido siempre. Creer que el bullying es uno y el mismo en todos los casos, distorsiona la realidad porque confunde las tendencias, los grados de violencia, y la peligrosidad misma del comportamiento, y esto es malo para la comprensión y abordaje institucional del problema. Decir que el homicidio es el desenlace natural del bullying, sería minimizar la importancia de situaciones de especial peligrosidad en los entornos escolares (las que pueden derivar en violencia física y letal contra un estudiante) y abstrae la gravedad del hecho, convirtiéndolo en una nota al pie para una agenda de política pública. Creo que esto sería una falta de respeto.

No es que el acoso escolar no genere traumas o daño, simplemente digo que el homicidio no puede ser nuestra brújula para identificar ni patrones ni controles. Porque alguien que priva de la vida a otra no es un bully, es un homicida. O si todos los bullys son homicidas en potencia, pues digámoslo, pero no veo muchas manos levantadas.

Algunos antropólogos nos dicen que es un hecho, o al menos la desafortunada evidencia así lo señala, que los grupos humanos tienden a establecer jerarquías, y no siempre por razones nobles. De hecho, en los niños, a la manera del Señor de las Moscas, la preponderancia suele venir de la fuerza física, la intimidación y la anomia colectiva donde muchos atacan a uno, y la pobre víctima suele ser elegida por su propia debilidad.

Esto es lamentable, pero hay que preguntarse si una política gubernamental o de virtuosismo discursivo pueden eliminar esta tendencia en los grupos humanos. Para ello, tienen que sortearse varios obstáculos. De entrada, habría que aumentar los controles dentro de las instalaciones escolares a un extremo de panóptico: que no haya rincón donde los estudiantes no se sientan vigilados, y esto incluye los baños, que es donde las peleas y las extorsiones ocurren de manera recurrente.

Además, habría que garantizar la supresión de cualquier represalia de los abusadores fuera de las instalaciones escolares, cuando los controles dentro arrecian. Porque de manera frecuente, a la víctima le va peor cuando los guardias se retiran.

En ese sentido, vale la pena plantearse los límites y la viabilidad de la vigilancia. Que una directora se haya rehusado a tomar medidas porque la pelea ocurrió fuera del plantel, pero en las inmediaciones, a todos nos suena a tecnicismo indolente. Pero, ¿Cuál es el perímetro donde las autoridades escolares tendrían permitido intervenir para separar físicamente a dos estudiantes? ¿Una cuadra, dos, tres? Si dentro de la escuela se estableció un lugar para la pelea, ¿es responsable la escuela? Una vez que establecimos que la violencia física es inadmisible, y que no es nada nuevo porque siempre lo ha sido, vamos a la parte incómoda.

¿Cuándo se pasa de la broma al bullying? ¿Es bullying si las agresiones se contestan? ¿Cuál es la respuesta proporcional que puede dar una víctima para exigir respeto? ¿O no puede y debe denunciar siempre? ¿Sabemos lo que eso implica para la convivencia de la víctima con sus pares? Las respuestas no son obvias, pero son urgentes.

Como colofón, por ahí un señor biempensante dijo que un alumno es violento porque reproduce los ciclos de violencia que ve o vive en su casa, así que el problema no es de las escuelas. Eso facilita las cosas, porque ahora sólo hay que acabar con la violencia doméstica y familiar, y listo. Gracias, señor biempensante, ¿Qué haríamos sin usted?


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/CR

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