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Carta a un año que me transformó

Carta a un año que me transformó

Columnas lunes 29 de diciembre de 2025 -

Querido 2025:

Te comencé con el cuerpo marcado por las quimioterapias, pero con la convicción intacta de volver a empezar. A veces no se trata de estar fuerte, sino de estar dispuesto. Me planté solo tres metas, casi como quien coloca anclas para no perderse en medio de la marea: sacar adelante la remisión de la leucemia mieloide aguda, titularme del doctorado e impulsar con mayor decisión un proyecto personal de emprendimiento. Tres. Nada más. Nada menos.

La vida, sin embargo, rara vez sigue el guion que imaginamos. Y este año se encargó de recordármelo con crudeza y con verdad.

Hubo logros que me sostuvieron. Me titulé del doctorado y vi cómo mi proyecto personal comenzaba a caminar con identidad propia. Pero en el terreno más delicado, el de la salud, la historia fue distinta. El 21 de marzo escuché la palabra que todos anhelamos: remisión. Por un instante creí que el capítulo más duro había quedado atrás. Sin embargo, el 4 de agosto la enfermedad regresó y con ella una nueva realidad: necesitaba un trasplante de médula ósea.

Lo más duro de este año fue aprender a firmar la muerte. Leer un consentimiento informado donde se advertía que podía no salir bien librada y aun así estampar mi nombre. Ese acto silencioso, casi burocrático, cambió mi manera de mirar la vida. Me enseñó que nada está garantizado, que el futuro no siempre se sostiene hacia adelante y que lo único real es el momento que se habita.

Desde entonces, lo sencillo se volvió lo importante. Un café compartido, una conversación honesta, brindar sin promesas grandilocuentes, decir lo que se siente sin postergarlo. Aprendí que vivir no siempre es avanzar; a veces es detenerse, mirar y aceptar.

Volvió el miedo. Volvió la incertidumbre. Volvió esa sensación de empezar de nuevo cuando una pensaba que ya había llegado. Hubo que buscar un donador, confiar en lo invisible y esperar. Y apareció alguien en otra parte del mundo que, sin conocerme, dijo que sí. Me dio la oportunidad de seguir viviendo y me recordó que incluso en los momentos más frágiles existe una humanidad inmensa sosteniéndonos.

Este año entendí que nadie atraviesa una enfermedad en soledad. Me acompañaron desde los gestos más simples y más profundos: leerme un libro, compartir una noche bohemia, sostener pláticas interminables, hacer videollamadas, enviar mensajes amorosos, regalar recuerdos que abrigan. La vida no está hecha de grandes escenarios, sino de instantes que nos hacen sentir vistos y amados.

El encierro y el aislamiento me regalaron claridad. El silencio, a ratos incómodo, me reflejó aquello que muchas veces me negué a ver. Ahí empecé a trazar rutas internas, a poner en el mapa decisiones que hoy sigo asimilando para llevar a cabo. Entendí que cuidarme no es una consigna, sino una responsabilidad profunda.

Mis amigas fueron soporte, mi mamá refugio, mi familia raíz. Los especialistas de la salud, cuidado constante. Y también llegaron nuevas personas que acompañaron noches de tristeza con presencia y escucha. A mis lectores, gracias por caminar conmigo desde estas líneas; escribir aquí ha sido refugio. Gracias a mi jefe por su paciencia, comprensión y apoyo decidido. Y gracias a Cristina Portugués por abrirme este espacio que se volvió terapia.

2025 me enseñó que no todas las batallas se ganan. Que los años difíciles no nos definen por lo que nos quitan, sino por lo que nos revelan. Hoy sé que debo quererme desde el alma hasta la médula.

Y sigo aquí. Habitándome con más conciencia, agradeciendo lo simple, aprendiendo a amar la vida sin prisa.

Sé que vivir no es llegar a ningún sitio, sino permanecer despierta en el instante. Mientras haya latido, hay posibilidad; mientras haya presente, hay vida. Y eso, hoy, es suficiente.

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/CR

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