Las debacles de las tiranías, se caracterizan por la radicalización del discurso, pues cuando el enamoramiento de una parte del pueblo hacia su gobernante se asfixia, implica el advenimiento de la peor parte de los sistemas despóticos, como es la más abyecta violencia.
El gran teórico reivindicador de la actividad popular como principio legitimador de un gobierno soberano, como es J.J. Rousseau, desde su muy particular comprensión republicana del poder, asume que las pasiones no deberían de fundamentar al poder, porque precisamente las pasiones son volubles, cambian, como cambian los tiempos, los votantes y el discurso del déspota hartan como ha pasado siempre, pues cuando la palabrería choca con la realidad fáctica, corroborando evidentes incapacidades, impera el desencanto. Todo aquel gentío otrora irredento, se transforma en verdugo del mismo al que aclamaba.
Apostar por las pasiones, es igual que creer en aquel ser amado que se nos va. Donde toda la lealtad expresa, el cariño y la ensoñación que le acompañó, se arruinan sin más, desatando o el franco arrepentimiento por los equívocos, o bien, las más desgraciadas palabras que quieren imponerse sobre lo que ya en la intimidad desapareció, como un acueducto seco que otrora transportó un torrente inmenso.
El tirano es como un amante temeroso y despechado, no puede permitir que se le vayan sus bases, pero al mismo tiempo comprende que su historial negativo puede representar la perdición. Acabado el encanto aparece lo que siempre debería de constituir el principal vínculo gobernante-gobernado: el respeto.
El respeto no es amor, porque este no se funda en una pasión, sino en la prueba contundente y demostrada de los hechos, donde el gobernante no es un mero manipulador de las instituciones, sino su defensor. No es el alcahuete de la irresponsabilidad de la clase política o de la infamia popular, sino un garante de la institucionalidad que antes de solapar la intransigencia, es un fiel respetuoso de la ciudadanía a la que no pertenece el grueso popular, pues más que un trámite, ser un ciudadano implica convertirse en el eje infranqueable del poder constitucional, al que todos, comenzando por ellos, deben defender de manipulaciones a su nombre.
El ciudadano no simplemente ama sus leyes, como Rousseau sabe bien, respeta sus instituciones. El respeto tampoco es miedo, pues cuando el miedo desaparece en la imagen del tirano, el único vínculo mediante el cual ejercía su dominio, se le vuelve en su contra en proporción a lo que siempre cultivó: resentimiento.
La ciudadanía atestigua la persecución a la oposición que votó en contra de la reforma energética, una exhibición de calumnias y epítetos vacuos, no puede sino manifestar el derrumbe de un sistema exhausto por sus propios excesos, y el miedo a perder ese poder irresponsablemente utilizado.