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Contra la memoria

Contra la memoria

Columnas viernes 03 de abril de 2020 - 01:45

Cuando Giorgio Agamben publicó, el 26 de febrero, el primero de los textos que ha escrito sobre el cornavirus, yo me encontraba leyendo Verso la foce, un conjunto de diarios de viaje a través de la pianura italiana. En una de las entradas, fechada el 10 de mayo de 1986 en Piacenza, el autor, Gianni Celati, comentaba de este modo las noticias sobre la catástrofe nuclear de Chernóbil: “lo terrible”, dice Celati, “[cuando es] confiado a los expertos y los periodistas, se convierte en una pacotilla que apenas usada deja de servir: no puede devenir memoria, a lo mucho se resume en pequeños reclamos a la calma y la prudencia”. Para Celati, el principal problema al que se enfrentaban quienes, de un modo u otro, estaban expuestos a las consecuencias de la radioactividad desatada en la ciudad ucraniana no era la radioactividad en sí sino las consecuencias paranoides de la condición lingüística del acontecimiento. “El mutismo de la objetividad”, dice Celati, “te hace sentir demasiado separado de las cosas del mundo”.
Para cuando Agamben publicó ese primer texto sobre el coronavirus, el avance global del Covid-19 nos colocaba frente a algo bastante similar a lo detectado por Celati en el caso de Chernóbil, señalado asimismo por Agamben. ¿Qué era eso a lo que nos enfrentaba, después de que se comenzaran a detectar los primeros casos fuera de China, el avance (mediático) del Covid-19? Creo que la fórmula no puede ser más sencilla: nos enfrentaba a un estado de paranoia absoluta creado por la información en una forma científica y, por consiguiente, a-histórica, es decir, anti-narrativa. El avance del Covid-19 pone a la ciencia en jaque porque la pone a debatirse entre salvar la vida o salvar la memoria, pues la ciencia, hoy, parece tener una sola y única misión: reprimir la (posibilidad para crear una) memoria (colectiva) al poner en el centro de su interés al individuo atravesado por vectores de control disciplinario.
Sólo nos queda decirlo todo, escrita u oralmente, respecto a la actual pandemia: cuando más digamos más posibilidades habrá de que se termine con los efectos a-históricos que produce la objetividad científica: se trata de situar el virus en el contexto de la cotidianidad, rompiendo, de este modo, el estado de excepción al que los Estados condenan a sus ciudadanos. Esa es la tesis de Piglia sobre el relato: a la ficción de Estado se le tiene que oponer la ficción. Se trata de generar relatos de manera desquiciada para contraponerle un locus concreto, material, a la paranoia con la que históricamente se le ha respondido al Estado en todos los intentos por establecer un control inmediato sobre los cuerpos.
Vayamos más lejos aún: Covid-19 o no, de lo que se trata es de desquiciar(se frente) al Estado con el arma en la cual a la información se le opone la experiencia como única posibilidad de hacer, de seguir haciendo, memoria: el relato. Contra los fragmentos objetivos de la información sobre el coronavirus deben crearse relatos que, negándolo o afirmándolo, logren hacer de él más que una consigna, a saber, una excepción, la excepción contra el Estado de excepción. Celati, al encontrarse frente a una pila de folios informativos sobre el caso de Chernóbil, le pregunta a una señora “¿Debo leerlos todos?”. “Si quiere estar informado”, contesta ella. Hay que dejarle la información a quien con ella pretenda imponer obediencia. Contra la información, en cualquiera de sus formas, sólo nos queda la ficción. Y no es poco.

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/CR

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