Xóchitl Gálvez y Beatriz Paredes tienen su propia proyección, mismo origen indígena; una simpatizante de un partido, la otra militante. Ninguna de sus organizaciones es presumible. Ellas brillarían de cualquier manera, con o sin partido, nada más que los necesitan para poder competir por la candidatura presidencial.
Ambas sostienen que no tienen cola que les pisen, aunque Xóchitl apenas despegó mediáticamente le empezaron a brotar en su entorno acusaciones que cuestionan el desempeño que tuvo como jefa delegacional en la Miguel Hidalgo y el crecimiento de su patrimonio. Beatriz, socióloga de profesión, con posgrado en literatura hispanoamericana, aun cuando son múltiples los cargos públicos que ha ocupado -diputada, gobernadora, presidenta del PRI, embajadora, subsecretaria en Gobernación y en la Reforma Agraria y actual senadora- nunca la han señalado de haberse enriquecido.
Xóchitl, antes de pensar en competir por la candidatura presidencial, quería hacerlo por la candidatura para la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, con el fin de adquirir mayor experiencia administrativa y posteriormente ir por la posición más grande, nada más que se le atravesaron voces que la convencieron de ajustar su objetivo.
Senadora, exitosa empresaria, ingeniera en computación y especialista robótica, ingreso al servicio público en el equipo de Vicente Fox para atender comunidades indígenas.
Fue directora del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas y después compitió sin éxito por la gubernatura de Hidalgo.
Xóchitl es mordaz en su crítica hacia los adversarios, respetada por el panismo, accesible, divertida, impetuosa, capaz de encadenase a una silla o quedarse a dormir en el salón de sesiones del Senado en protesta contra las políticas oficiales; se divierte con las bromas y no se queda callada ante ninguna imputación. Beatriz es respetada por propios y extraños, inteligente, profunda en su análisis y sólida en los argumentos. No es estridente ni escandalosa, directa y claridosa cuando es necesario, sin rayar en el insulto.
Beatriz ha desarrollado su vida política en el Partido Revolucionario Institucional. Ha sabido conservar perfil y respetabilidad; cuidadosa, no siempre ganadora en la competencia electoral, perdió en dos ocasiones cuando buscó gobernar la Ciudad de México. Pasivos de su organización pueden significarle exceso de carga para que despeguen sus aspiraciones. Los partidos aliados tampoco son para ponerlos por delante para atraer el voto. La salvan su trayectoria, imagen, integridad, honestidad y racionalidad.
Xóchitl tampoco podría presumir de la tríada partidista; ha caminado en la política con la camiseta azul sin afiliarse al PAN; en su etapa universitaria estuvo ligada a una organización marxista. Su formación política y raíz indígena la mantienen conectada con clases sociales menos favorecidas. Presume de no haberse robado un solo centavo y el patrimonio que ahora tiene, jura que es producto de su esfuerzo personal.
Saben las dos que la historia de la candidatura presidencial del Frente Amplio por México todavía no termina de escribirse.
Santiago Creel quien declinó por Xóchitl, las calificó de excepcionales y llamó estadista a Beatriz.
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