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Coronavirus y discriminación

Coronavirus y discriminación

Columnas viernes 06 de marzo de 2020 - 01:36

Apenas estamos empezando a vivir con el coronavirus. Los efectos de este nuevo patógeno, seguramente serán motivo de amplios y sesudos estudios en los años por venir en las ciencias biológicas, en las ciencias sociales y en las humanidades. Estamos viendo el carácter expansivo y multidimensional del fenómeno: la forma en la que ya ha afectado las cadenas de suministro del comercio internacional y su consecuente efecto en bolsas de valores y divisas, son apenas una muestra de sus alcances en la economía; el daño que particularmente causa a ciertos tipos de pacientes, de acuerdo a características que empiezan a ser discutidas a partir de criterios etarios y de salud, serán fuente de reflexión y estudio para la medicina y sus disciplinas afines.
Sin embargo, como todo fenómeno verdaderamente global, su impacto también empieza a ser importante para el derecho a la no discriminación.
En efecto, las regiones más claramente afectadas a la fecha (China, Irán e Italia), demuestran que el coronavirus no depende de estereotipos migratorios o legales: no son los aterradores indocumentados los tradicionales villanos de las películas de los oestes potentados, los que han llevado la enfermedad a las prósperas regiones del norte de Italia o al boyante estado de Washington en la costa oeste de Estados Unidos. No puede achacarse a sirios, a venezolanos, a mexicanos, a salvadoreños la pandemia que se cierne sobre todos. La expansión del virus por el mundo comenzó mediante viajes legales, realizados por personas con pasaportes y visados en orden, no la cargaban migrantes indocumentados en la espalda.
En este sentido, el coronavirus es humanizante: nos recuerda que todos somos iguales, que todos somos propensos a contraerlo de la misma manera, sin importar nuestro sexo, la condición económica y mucho menos la nacionalidad. El patógeno vuelve a hermanar a los hijos de aquella antigua madre africana.
Además, resulta también interesante pensar que las personas más proclives a ser afectadas por la enfermedad son las de mayor edad. Si es así, entonces vale la pena preguntarnos si la psicosis de las sociedades más avanzadas en relación con la migración, esas sociedades que también concentran los mayores índices de edad del mundo, tiene otro sentido que no sea el mero populismo. Las personas mayores son más susceptibles de sufrir los efectos más peligrosos de la enfermedad, sin importar la región geográfica en la que se encuentran, sin importar la calidad o el grosor de la cartera.
En todo caso, lo seguro es que cualquier persona mayor que caiga enferma con severidad, exigirá ser atendida por algún profesional de la salud que pueda asistirlo y, al hacerlo podemos estar ciertos de que nadie en su sano juicio se pondrá a escudriñar papeles, a revisar visados y antecedentes laborales o financieros de aquellos que puedan ayudar.
Ojalá esta lección civilizatoria de la enfermedad nos ilumine a todos, pero en especial a los mexicanos, en momentos en los que el tsunami generado por el grito de dignidad de las mujeres, también promete arrasar estructuras de poder, quebrar culturas e idiosincrasias, tal como lo han comenzado a hacer con la popularidad de los políticos que no acaban de entender que las contagiosas corrientes de pañuelos verdes, les han llegado al cuello.

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/CR

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