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De animales a dioses (¿y de regreso?)

De animales a dioses (¿y de regreso?)

Columnas lunes 17 de agosto de 2020 - 00:48

En la línea temporal de la historia, de acuerdo con Yuval Noah Harari (De animales a dioses, 2014), hace 500 años la humanidad admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder sin precedentes. Los europeos comienzan a conquistar América y los océanos. Hace 200 años, la familia y la comunidad son sustituidas por Estado y mercado, al tiempo de darse la extinción masiva de plantas y animales, en el contexto de la denominada Revolución Industrial.
El presente se caracteriza por la apariencia de que el planeta le queda chico al ser humano. Se trascienden límites y se llega al espacio, pero al mismo tiempo se construyen armas capaces de hacer volar la Tierra en segundos hacia una nueva nada. Prevalece la tendencia de los organismos cada vez más modelados por el “diseño inteligente” que por la selección natural.
Quienes me distingan leyendo el presente texto, en alto porcentaje lo harán desde un dispositivo que almacena su información de vida: contactos, correos, fotos, notas e incluso sus cuentas bancarias. Dicha información se protege en lo que llamamos “la nube”. Llevamos en la mano la misma tecnología que usó el hombre en su viaje a la luna.
Con la llegada del Covid-19, quienes faltaban de ingresar al mundo del trabajo a distancia lo hicieron; normalizamos el “hacer zoom”, sea para tomar clases, sesionar el Congreso de la Unión, celebrar audiencias y hasta festejar. Las nuevas tecnologías hicieron posible monitorear a nivel mundial el avance del virus minuto a minuto y se cuenta con fecha probable para poder implementar masivamente la vacuna.
Todo lo anterior nos convierte, bajo la tesis de Harari, en esa evolución de animales a dioses.
El mundo nunca había sido tan sofisticado como ahora. Se han fortalecido procesos democráticos, disminuido la pobreza extrema y mejorado esquemas de salud. En resumen, vivimos la mejor versión de nuestra casa común.
Paradójicamente, nunca en la historia de América Latina se había derramado tanta sangre por causas de violencia criminal y, en Europa, la amenaza del terrorismo ha obligado a los gobiernos a establecer una agenda marcada por un permanente estado de tensión y alerta.
En el libro More money, more crime (Bergman, 2018) se sostiene la tesis de que la delincuencia se ha convertido en una industria rentable en Estados débiles con sistemas de justicia penal obsoletos que no pueden soportar el desafío que plantean las nuevas empresas delictivas y que “la prosperidad ha aumentado la demanda de bienes ilícitos por parte de los consumidores, lo que ha impulsado el crecimiento de los mercados secundarios e ilegales, incluidos los mercados de bienes robados y narcóticos que pueden proporcionar ingresos a millones de jóvenes dispuestos a correr el riesgo de ser arrestados y perder la vida”.
Este cambio de valores debe alertar a los gobiernos del mundo. Modificar el paradigma de que combatir la pobreza disminuye la delincuencia y que los avances de la ciencia y la tecnología construirán mejores sociedades, es un duro golpe de realidad que hay que asimilar. Debe ser el comienzo de una nueva etapa en el diseño de políticas públicas para enfrentar el desafío de la criminalidad.
Involucionar no debe ser opción. Replantear el camino bajo nuevos paradigmas, sí.
Compleja tarea, que urge comenzar.

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/CR

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