Imposible no hablar de Marx Arriaga. Su negativa a dejar la oficina pública que ocupaba durante días, para crear la extraña narrativa de "resistencia" desde una dirección general, nos regaló uno de los espectáculos más vergonzosos del folclor político nacional. Los plañideros caídos de la gracia del poder no son nuevos para nosotros; me vienen a la mente, de bote pronto, la huelga de hambre de Carlos Salinas de Gortari que duró como 6 horas, o el viaje de Silvano Aureoles a la CDMX en 2021, para pedir una supuesta audiencia con el presidente. Como no lo recibió, se sentó en una silla de plástico afuera del edificio, en la banqueta, muy serio y con un foldercito bajo el brazo que, según él, contenía las “pruebas” de no sé qué escándalo que entonces importaba. El propio Noroña tuvo un momento especialmente arriaguista cuando, en una de sus protestas callejeras, decidió “tomar” la Bolsa Mexicana de Valores, mediante el bloqueo físico de la entrada al edificio, y creyendo que eso impediría los negocios bursátiles. Quienes se dedican a la compra y venta de activos bursátiles, lo veían con extrañeza y un poco de curiosidad antropológica mientras, desde starbucks o desde su casa, realizaban las transacciones con normalidad. Luego dijo el prócer que había sido una toma “simbólica”, y que él sabía perfecto cómo operaba eso de las computadoras. No lo sabía.Digo que este último desplante es el que se parece más al de nuestro marxista de confianza, porque implica, ridículo aparte, una ignorancia medieval sobre la naturaleza y el funcionamiento del Estado, que sería muy divertida si no fuera porque el ex funcionario tenía firma, responsabilidad y mando sobre recursos importantes. Parte del show fue, seguramente, premeditado y bien medido, de tintes obradoristas: “a mí no me mueven de aquí, aquí me voy a quedar”. Y eso puede aplicar a una calle, una explanada, un pozo petrolero en Tabasco, una opinión necia o, en este caso, cuatro paredes en un edificio público. Y es que ese acto de inmovilidad tiene algunas ventajas si a quien se le quiere hablar es a un público que solo entiende de literalidad. “Resistir”, en términos mobiliarios o decorativos, es exactamente eso, no moverse, y en esa petrificación, como efecto secundario, está el no romperse, tampoco. De ahí el corolario de vientos políticos más sofisticados, que decía “lo que resiste, apoya”. Pero ahorita no llegamos ni a eso.
Hay otra dimensión más preocupante: creer que quedarse en una oficina una vez que se le ha destituido a uno, es lo mismo que seguir en el cargo, y además, como sonámbulo en kidzania, seguir usando los recursos institucionales como si nada, teniendo juntas con quién sabe quién, firmando contratos, y así. Es decir, no hay conciencia de que un funcionario no es más que el vehículo temporal de actuación de un órgano, y este último no es más que una esfera de competencia. Una vez que se pierde el reconocimiento administrativo por parte de quien puede otorgarla al burócrata, entonces la persona ya no es competente para hacer nada en nombre y por cuenta del cargo, se vuelve un ciudadano privado firmando papeles sin valor alguno y comiendo pollo rostizado en una mesa que ya no debería de estar usando. Su situación laboral personal es otra cosa, y ahí ya depende de lo que resuelva el juez laboral en su momento, pero también el de justicia administrativa por la posible usurpación de funciones en la que incurrió con su berrinche.
En el mismo sentido, la falta de conciencia de la lógica burocrática, que no es igual a la lógica política. Y esa es una distinción que los políticos de oficio tienen muy clara, pero los improvisados no. Por eso los demagogos populistas pueden decir que “se bajan el sueldo” o que le bajan el sueldo a los burócratas, y les da lo mismo, porque un político no vive de su sueldo ni busca estabilidad en el empleo. Vive del poder y la influencia que pueda acumular en virtud de su cargo, y busca siempre el siguiente puesto, la siguiente plataforma, etcétera. Por eso también se requieren cosas distintas de uno y otro. A lo mejor Marx Arriaga podría haber sido un diputado servicial y conveniente para la fracción pura y dura del obradorismo, y lo digo en serio, porque en esa posición son un poco más racionales los desplantes de provocar policías, dormir en el suelo, no bañarse para cuidar nuestra democracia, o lo que sea. Pero los burócratas que están en altos mandos, son personas que deben tener alguna competencia técnica para realizar sus funciones, y además una comprensión mínima de que la dirección de las instituciones puede cambiar de rumbo, y ese cambio puede no incluirlos en el futuro inmediato. Y no tiene nada de malo ni de injusto. Pero para quien ve la vida como una guerrilla, cualquier concesión es un botín, y cualquier desacuerdo es un enfrentamiento, supongo.