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EL DÍA QUE EL BOXEO FUE PROHIBIDO

EL DÍA QUE EL BOXEO FUE PROHIBIDO

Columnas jueves 11 de septiembre de 2025 -

En la actualidad el boxeo es muy diferente de como era hace más de siglo y medio; el deporte de los puños ha cambiado acorde con los gustos y prácticas de cada época. Durante la era victoriana, el gobierno de Su Graciosa Majestad prohibió su práctica por considerarlo un espectáculo propio de salvajes, muy alejado del faro de la civilización que por entonces era Inglaterra (así se veían a sí mismos los británicos, lo cual por supuesto era completamente falso). El gobierno de Estados Unidos fue contagiado por esa mentalidad y, a finales de los 1860, promulgó una ley anti boxeo, la cual intentó aplicar a rajatabla.

Sin embargo, presenciar a dos tipos enormes, fieros y valientes destrozarse mutuamente, era un espectáculo que le resultaba más que atractivo a muchísima gente de todos los estratos sociales. Las políticas prohibicionistas siempre han fracasado y antes bien, suelen tener un efecto contrario al que supuestamente persiguen. Si quieres que algo tenga éxito, prohíbelo.

Durante un buen tiempo el boxeo pasó a ser una actividad semi clandestina; los combates se llevaban a cabo en los lugares más raros e insospechados: un descampado en medio del bosque, una barcaza mientras navegaba por el río o bodegones abandonados (el mítico Madison Square Garden de Nueva York comenzó como un improvisado cobertizo). A las funciones acudían cientos de espectadores ávidos de emociones fuertes, que apoyaban al peleador de su preferencia. Aún no era generalizada la aplicación de las reglas de Queensberry y el uso de guantes de cuero rellenos de crin de caballo; no había límite de rounds y el combate se podía prolongar a lo largo de veinte, treinta o cincuenta asaltos.

La policía solía lanzar redadas contra estas funciones boxísticas y capturaba in fraganti a los infractores de la ley: púgiles, entrenadores, réferis y público por igual. La noche del 23 de enero de 1881, en el Atlantic Garden de Ohio, un salón de fiestas, se dio el combate entre John L. Sullivan (quien llegaría a ser durante esa década la primera gran estrella del boxeo a nivel internacional) y John Donalson, que acabó con el triunfo de Sullivan en el décimo asalto.

Apenas acababa de decretarse el final de la pelea, cuando decenas de policías irrumpieron en el local, arrestando a los dos peleadores y a varios más de entre el público. A la mañana siguiente se dio la audiencia ante un juzgado completamente lleno. El juez, un respetado hombre de apellido Moriarty, le dice a un testigo de turno, que no había podido correr y escapar:

–¡Levántese el testigo!
El hombre obedece, juega con su sombrero de hongo. Pero no está nervioso. Su abogado ya lo ha instruido sobre lo que tiene que decir y callar. Su única culpa fue asistir, junto con cientos de hombres, al sensacional combate.
–Díganos su nombre.
–John Moran.
El testigo luce realmente tranquilo, a diferencia del mismísimo juez, a quien todo mundo vio presenciando la pelea y por tanto también sería reo de la misma falta. Sin embargo, la ley es la ley y el juez Moriarty debe continuar con la diligencia:
–Aparte de los acusados, ¿reconoce usted en esta sala a otras personas que estuvieron en el Atlantic Garden?
El testigo pasea la mirada por los bancos repletos de gente, mucha de la cual había estado ahí pero pudo correr a tiempo. Mira brevemente a los acusados y enseguida sus ojos se clavan en el juez. Éste carraspea. El señor Moran dice:
–Reconozco a uno, pero no me atrevo a señalarlo por respeto a Su Señoría y al tribunal.
El público capta el significado de la respuesta y estalla en carcajadas. El juez carraspea de nuevo al tiempo que da varios mazazos pidiendo orden. Pregunta:
–¿Confiesa usted haber presenciado anoche un combate de boxeo?
–Aquello fue una carrera pedestre, Señoría.
–¡Ah! ¿Y quién iba ganando?
–Donaldson, seguido de cerca por Sullivan.
–¿Y qué ocurrió?
–Sullivan lo alcanzó y Donaldson no pudo continuar la carrera.
Nuevas carcajadas. Otro mazazo a la mesa. Y el juez, con un tono solemne se dirige al tribunal:
–Por lo que dice el testigo, todo ha sido una mala interpretación de los denunciantes. Las carreras pedestres están autorizadas por la ley, de modo que los acusados quedan en libertad.

Israel atacó a traición a los enviados de Hamas que estaban en Doha, capital de Qatar, negociando un cese al fuego. Un nuevo acto de barbarie. El sionismo es el peor enemigo de la humanidad desde el nacionalsocialismo. Hasta el jueves…

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