El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, tiene fama de mitómano. Por ejemplo, alguna vez comentó sobre la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, pero este conflicto terminó nueve años antes del nacimiento del dictador. Por eso cuando afirmó haber realizado una negociación con Prigozhin para persuadirlo de suspender la marcha sobre Moscú del grupo Wagner la reacción fue de escepticismo. Sin embargo, el Kremlin confirmó la veracidad de este acuerdo y Putin agradeció a Lukashenko su ayuda para resolver la crisis. Todo ello supuso un notable éxito para el líder bielorruso, pero quizá se pasó de la raya al tratar de explotarlo. En una jactanciosa sesión televisada contó largas anécdotas sobre cómo habían sido las negociaciones. Entre otras cosas, dijo haber convencido a Putin de no cometer la imprudencia de matar a Prigozhin: “No lo hagas, porque después no será posible entablar negociaciones con el resto del grupo y estos tipos estarán listos para hacer cualquier cosa”.
Lukashenko ha sido un firme, aunque a veces esquivo, aliado de Rusia. No quiere acceder a las pretensiones putinianas de integrar a su país en una especie de “confederación” con su gigantesco vecino. Pero en 2020 Putin le salvó el cuello al ayudarlo a aplastar los disturbios suscitados por su fraudulenta reelección en los comicios presidenciales. Desde entonces, Bielorrusia se convirtió en vasallo de Rusia. Moscú utilizó su territorio para lanzar la invasión a Ucrania y como base para sus batallones. Incluso al parecer ya le transfirió armas nucleares, lo cual podría servir de pretexto al ejército ruso para introducir tropas en cualquier momento “para proteger las armas”. Pero con la negociación de los acuerdos entre Wagner y el Kremlin Lukashenko ha recuperado margen de maniobra, al menos a corto plazo. Demostró tener cierta autonomía y no ser un simple títere del Kremlin. Pero Putin no le agradecerá eternamente haber hecho públicos los detalles de la negociación y pavonearse con ello.
También mucho irritó a Putin ver durante varios días a la prensa rusa elogiar al mandamás bielorruso con comentarios como “Es imposible sobreestimar su sabiduría y talento negociador” y “Mostró un liderazgo del más alto orden”. Por eso al poco tiempo empezaron a correr versiones donde pintan la actuación de Lukashenko como la de un simple vocero del presidente ruso. Como sea, la imagen de Lukashenko salió fortalecida. Ahora aparece como un aliado necesario capaz, inclusive, de realizarle cierto chantajes a su socio mayor. Incluso hay quienes especulan sobre la posibilidad de utilizar la presencia del Grupo Wagner en Bielorrusia para obtener ventajas. El juego de poder Putin-Lukashenko-Prigozhin aún no ha terminado y continuará teniendo consecuencias a corto y largo plazo no solo para Bielorrusia y Rusia, sino para Ucrania y el resto de Europa.