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Columnas
La campaña por whatsapp y tik tok se intensifica, con su carga de rumores, fake news, especulaciones, y hasta verdades. Aunque esta tecnología puede manejarla un niño el objetivo son los adultos, y no cualquier adulto, el mexicano que vota. Es decir, están destinados a 6 de cada 10 ciudadanos.
Por extravagante que pueda ser el contenido de las informaciones buscan manipular y la credibilidad es adoptada, voluntaria o involuntariamente por quien envía el mensaje. El simple hecho de enviar un mensaje sin saber si es verdad o mentira, implica adjudicarse su credibilidad. Es decir, de lo respetable que es el emisor para el receptor depende el éxito del mensaje. Así, no se necesita repetir una mentira mil veces en los medios convencionales, basta con enviárselo al receptor correcto para convertir su contenido en verdad aunque no lo sea.
Hay una especie de ambigüedad en la personalidad de quien reenvía un mensaje, porque por un lado se vuelve irresponsable al no comprobar su fuente, pero, por el otro, se apropia de la autoría del mensaje como si fuera suyo, desde luego, para reenviar ese contenido se debe coincidir con su contenido, pero eso no certifica su apego a la verdad.
Todo mensaje reenviado implica una responsabilidad que se ha convertido en un video juego en tiempos políticos. Aunque ha proliferado con mayor intensidad desde la noticia del triunfo de Morena en 2018.
El mensaje de whatsapp sustituye al viejo chiste político que iba de boca en boca y terminaba no sólo por agotarse en sí mismo, sino esterilizando su intención de hacer daño al contrincante. Es decir, se anula el desgaste ante la risa que la inmediatez provoca, porque tiene la facultad de satisfacer la acción que pudo haber sido un voto.
Reenviar un mensaje político es para alguno de los que practican este ejercicio, una actividad que, en ocasiones sustituye el sufragio. Se queda con la facilidad de reenviar mensaje y considera innecesario acudir a votar. Para ellos su mínima función política está cumplida.
Los reenviadores profesionales de mensajes políticos contra el contrincante a través de las redes son potenciales abstencionistas, que consideran que su combate al enemigo para que deje el gobierno, está cumplido, se olvidan apoyar al que sí quiere que gobierne. Acostumbrados a votar por el “menos peor”, sufragar es lo de menos cuando las redes pueden hacer el trabajo proselitista.
Antiguamente el chiste contra algún político desactivaba una mayor acción contra ese funcionario; ahora, reenviar un contenido contra los contrincantes, es decir, apretar un par de botones, hace las veces de asistir a votar, evitan la fila y, sobre todo, trasladarse hasta el lugar de las urnas. Para qué votar si ya expresaron a sus amigos sus preferencias electorales, esa es su democracia para ellos.