Resulta difícil creer que, en medio de una guerra iniciada por Trump, convertido en el hombre más odiado del mundo, los filtros de seguridad sean tan porosos. La estridencia de los hechos, producto de una mente pueril como la del presidente del vecino del norte ofrece varias interpretaciones.
El atentado del 20 de julio de 2024, durante su campaña le sirvió para garantizar el triunfo. Ahora necesita, urgentemente, simpatías dentro de su país, sabe, de sobra, que fuera de sus fronteras, su aceptación es nula.
Trump es el más mediático de los presidentes que haya tenido Estados Unidos, es visto más como un payaso que como un estadista, que gobierna desde el escritorio firmando cartas. El pueblo estadounidense, es proclive a considerar como verdad absoluta lo que aparecen en los medios sin cuestionamientos. Ese es al público que quiere llegar, es el que votará en noviembre.
A seis meses de las elecciones donde, tenía la derrota garantizada y el peligro de ser objeto de juicio político, el atentado le acomoda perfectamente para tener la posibilidad de terminar su mandato.
Con la amenaza de una guerra civil, con 34 denuncias penales y la pesadilla de su aparición imborrable en los archivos Epstein, sumados a sus amenazas de aranceles y fantasiosas victorias militares Trump, no tenía más alternativa que un atentado para seguir vivo.
Precisamente en el momento en que el mundo entero reflexiona sobre el calificativo que tuviera un agresor contra su vida, que oscila entre la heroicidad o la criminalidad, surge, un montaje que intenta regresarle la credibilidad perdida, aunque no haya recibido ni un rasguño.
Anteriormente fue la oreja y hubo, incluso exposición exagerada de sangre, sin más consecuencia que un regaño para los encargados de seguridad del entonces candidato.
Ahora, como presidente pareciera tener menos seguridad que cuando era candidato y lo más increíble, en tiempos de guerra.
No so pocas las mentiras expresadas por Trump desde el momento en el que llegó a la Casa Blanca por segunda vez, una más no le perjudica sustancialmente; sin embargo, podría salvarle la vida política y la honorabilidad, sin correr más riesgo que el de descubrirse un montaje.
Cómo creerle un mentiroso, es el cuestionamiento del mudo, sobre todo cuando crea un circo de un evento con comunicadores y hace de su agresor un patiño. Si el atentado fuera real, los resultados debieron ser otros. En el anterior falló la seguridad, en esta ocasión los errores fueron del agresor, quien entró al reciento como si se tratara de un campo de furbol.
No son tiempos de apostarle a los medios frente a la aparición de la IA, que pone todo en duda, basar el futuro político en los medios podría considerarse un suicidio político ante la realidad de verlo todo perdido.