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Columnas
La cita llegó, el llamado para encontrarnos con la boleta electoral en nuestra soledad será inevitableel próximo domingo. El contexto en el cual se desarrollará ese ejercicio con una dimensión individual y otra coletiva es, por decir lo menos, trágico.
Un grupo de personas -quizás las más afortunadas desde una mirada democrática- votarán convencidas de dar su apoyo a una candidatura o grupo político, tras haber concluido que suspropuestas son las que encajan con su idea de vida, de país y de sociedad; otras votarán porque les han pagado mil o dos mil pesos; otro grupo lo hará motivado por las despensas o dádivas que a manera de trueque ha recibido, precarizando con un altísimo costo, el valor democrático del derecho al voto.
En otros casos, las personas sin acceso a educación, empleo, seguridad social, salud, agua, vías de comunicación y seguridad pública, irán a votar pero no porque todo lo anterior les será proporcionado a mediano y largo plazo, sino persuadidas por las recompensas asistenciales que les han prometido, aprovechando que se trata de votantes con la mano extendida por la condición en la que viven, en espera de más ayudas del buen ogro filantrópico -el Estado-. El daño que se les ha hecho y se les sigue haciendo a estas personas es incalculable, pues a lo largo de décadas las hanacostumbrado a recibir y no a participar, resignadas ante lo poco que se vacía en sus manos.
Pero no hemos concluido, otra realidad escalofriante marcará la votación en este proceso: la violencia. Asesinatos, extorsiones, privaciones de la libertad y ataques a la integridad personal y el patrimonio, entre otras formas, condicionarán el sentido del voto de miles de mexicanas y mexicanos, que en términos de nuestra Constitución debería ser universal, libre, secreto y directo.Nuevamente, nuestra norma fundamental será un papel mojado en el cual ya no es posible siquieraleer sus buenas intenciones.
Si a todo lo anterior agregamos los perversos efectos de la polarización que ha sido inoculada en la sociedad mexicana como objetivo político primordial, podemos concluir que la elección difícilmente será un canal para establecer racionalmente cómo habremos de enfrentar los enormes desafíos que tenemos: construir y consolidar el estado de derecho; reparar el tejido social tan dañado; producir nuevas formas de convivencia que permitan a la ciudadanía lograr cada vez más espacios de libertad, justicia social e igualdad en la diversidad; mantener la separación de poderes y los mecanismos de control autónomos e independientes; cerrar las brechas de la inequidad social que tanto daño nos sigue haciendo y revetir la violencia que conforme avanza el tiempo se apodera de más regiones en nuestro país.
Ante estas realidades, luce muy complicado que este proceso electoral constituya la base para reflexionar en común sobre los diferentes acontecimientos de nuestra historia nacional, la construcción de nuestra identidad como sociedad, la idea de Nación y la pertenencia común, para construir sobre acuerdos comunes aquello que es fundamental para nuestro presente y futuro.
Pero para que esto suceda, requerimos grupos políticos con cierto grado madurez que les haga entender que en democracia es indispensable reconocer la legitimidad del adversario y aceptar que,si bien, existen conceptos irreconciliables entre diversas ideologías políticas, el diálogo es indispensable e insustituible para alcanzar soluciones a los desafíos comunes, porque una Nación solamente florece en el reconocimiento y respeto de su diversidad y pluralidad.
Obiter dicta.
No agreguemos a este escenario el abstencionismo, vamos a votar, porque votar es decidir.