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El faro

El faro

Columnas jueves 09 de enero de 2020 - 00:49

Dos hombres llegan a un isla: un viejo experimentado Thomas Wake (Willem
Defoe) y un joven callado e inexperto Ephraim Winslow (Robert Pattinson). La
obligación de estos será la de cuidar durante cuatro semanas, del faro que se encuentra ahí sólo previstos de provisiones tanto de bebida como de comida.

A su llegada Wake divide las tareas, él se encarga de cuidar el faro de noche, de
que su luz no se apague, mientras que Winslow debe realizar las tareas de
limpiar, lavar los trastos, preparar la comida y poco más. La violenta forma en la
que esto se deja claro, nos deja ver a nosotros que la lucha egos y virilidades será
ruda, sucia e incómoda, ya sea por los gases de uno o las masturbaciones de otro.
O sea masculina en su totalidad.

El demonio siempre ronda y mientras ronda suena una alarma, los marineros que
de noche navegaban siempre estaban pendientes de ella porque a veces la luz del
faro no se veía por la neblina, la alarma significaba peligro, lo mismo que significa
para nuestros protagonistas cuando se escucha la estridente chicharra que ellos
no alcanzan a escuchar pero que sienten de forma onírica o en forma de rabia,
que se vislumbra sexual, al final de cuentas son dos hombres cuidando un
faro/falo. Y que desde que el filme abrió se nos avisaba visualmente que así iba a
hacer. Los hombres en la proa de barco enfilados a la isla, uno más arriba que otro como testículos.
Detienen la nave y escuchan voces. Después de deleitarse con ellas, quienes las escucharon se van alegres conociendo muchas cosas que ignoraban… “Sabemos cuánto sucede sobre la tierra fecundada”, rezaba el relato de Ulises que aquí juegue muchísima importancia, al igual que los diálogos shakespearianos en forma de cánticos bañados en ron.

Eggers al igual que lo hizo con su primer filme - La bruja- en todo momento nos va
a ir contando cosas, nos susurra atisbos de lo que va venir o de lo que trata su
filme. Aquí las imágenes y el lenguaje cinematográfico juegan un papel
importantísimo, que exige nuestra atención desde que el filme abre y sí, de nueva
cuenta coloca a sus personaje a prueba, a sucumbir ante la soledad, la desesperación o ante la sexualidad, aquí más notoria, más sucia, más incómoda, aunque no sabría decir si más violenta.
Una jovencita entregando su virginidad al mismísimo demonio es cosa seria. Para quienes no hayan disfrutado de La Bruja y su aparente parsimonia, no encontrarán un filme grato en El Faro, tampoco si son de estómago débil. Para quienes disfrutan el cine que se toma su tiempo, que domina el montaje y el lenguaje cinematográfico pásenle por acá.

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/CR

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