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El liberalismo del presidente

El liberalismo del presidente

Columnas viernes 03 de julio de 2020 - 00:43

La noción liberal del presidente de la República es una visión que dista de hacer justicia a una tradición de pensamiento que ha atravesado por diferentes momentos históricos. No podemos referirnos a las diversas nociones liberales, pero sí podemos remitirnos a dos que ofrecerán sus respectivos frutos a la historia occidental.
Por un lado, tenemos el liberalismo económico, y por el otro, al político. El primero no deja de remitirnos al pensamiento de A. Smith. Resaltan los principios básicos de nula intervención del estado en los asuntos económicos; la plena inclinación a la propiedad productiva privada; los principios claves de oferta y demanda, todos ellos funcionando gracias al inminente reconocimiento de una naturaleza humana egoísta que, en lugar de negarla, puede aprovecharse para beneficio de la sociedad. El liberalismo político, tiene un rumbo teorizado por autores como J. Locke. Los principios de la división de poderes —para así evitar la acumulación de poder en unas solas manos, con el peligro de la amenaza de la instauración de una tiranía—. El respeto pleno a una serie de derechos inalienables que se ostentan por naturaleza: la propiedad y la integridad física.
Sin pretender ahondar, simplemente recuerdo una serie de principios construidos a partir de la ilustración, y con un largo proceso de significación que continua hasta nuestros días. Si el presidente de la República proclama constantemente su aversión al liberalismo, podrían parecer que su desprecio se limita a una versión radicalizada y reinterpretada del liberalismo económico, desde las escuelas de Washington y Austria. Es entendible el enojo hacia una interpretación del mundo limitada a cuestiones meramente materiales de consumo.
El liberalismo político tiene otro rumbo, la defensa de principios clave como la defensa de la individualidad de la persona, componen el fundamento de los Derechos Humanos como lo iremos entendiendo hasta nuestros días. Lanzarse en contra de estos principios que limitaran cualquier atentado en contra de la integridad personal, es una locura que solamente los estados totalitarios fueron capaces de atentar, pero no los sistemas democráticos, como el mexicano, que aspira no a la limitación de estos principios, sino a su pleno avance, en un contexto de violencia generalizada en donde se encuentran permanentemente bajo amenaza. Lo que menos se necesita es la postura menospreciativa hacia ellos.
La tradición política liberal, enraizada en nuestra historia, implica una serie de beneficios que no pueden ser opacados por un discurso crítico al liberalismo económico contemporáneo. El liberalismo que nos remonta no solamente a lo más selecto del pensamiento ilustrado, de Locke a Kant, pasando por Montesquieu y Jefferson. Donde se defienda la integridad plena de los ciudadanos y se evite la acaparación del poder, tendremos una sociedad más civilizada.

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/CR

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