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El mil usos

El mil usos

Columnas jueves 04 de junio de 2020 - 00:31

Fue en mi primer crítica para ContraRéplica (24 enero 2019) en medio del auge por el filme Roma de Alfonso Cuarón, en donde para algunas personas cometí el sacrilegio de haber comparado el laureado largometraje con filmes tan “infames” como El mil usos, protagonizado por Héctor Suarez, o el primer filme de La india María. Comparación que justifiqué haciendo énfasis en que el primero de los mencionados no era más que un filme romantizado y que se le había dado un enfoque social que le quedaba corto. No es una lectura sobre la clase baja mexicana. No hay comparativas en aspecto técnico, en dirección de cámaras o en fotografía, hacerlas hubiese resultado ilógico, pero el matiz que se le dio al filme como un llamado de atención a la comunidad y una crítica social me resultaba insulso. La clase baja mexicana, la única que conozco en carne propia, dista mucho de ser romántica y pacífica. Sin duda alguna El mil usos, de 1981, dirigida por Roberto Rivera la retrataba a la perfección.

“Tránsito” (Héctor Suarez) es un indígena tlaxcalteca que el día de la muerte de su padre decide no aceptar nada de lo que pueda haber como herencia; se marcha a la Ciudad de México para buscar un trabajo y ganar mucho dinero; así sin más ni más se despide de su madre y su esposa prometiendo volver.

Aun no llega a la ciudad y ya recibió insultos tales como indio mugroso, prieto y patarrajada por parte de un transportista que es chaparro, moreno y panzón. Alegoría simple aunque efectiva. Una vez llegando a la capital se da cuenta que el clasismo es el pan de cada día, que conseguir trabajo no es fácil, y que los prejuicios y la violencia hacen de esta urbe un monstruo difícil de domar.
Héctor Suarez había demostrado ser un actor de tablas y dotó a su personaje -- a quien el algún momento llamó el más querido de su carrera- de una naturalidad bárbara, evitando caer en el cliché del “indito mexicano” con el clásico tono al hablar y caminar, dándole mayor personalidad y sobre todo respeto al indígena mexicano que –¡sí! me voy a meter con el ídolo nacional- desde Tizoc, se había quedado en el imaginario colectivo aceptado por el público y explotado por cine y televisión.
Y que la propia María Félix criticó: “No me gusta Tizoc, los indios no hablan así”.
Ni Suárez ni Rivera buscan llegar a la lástima, ni al sentimentalismo lacrimógeno, critican todo lo que pueden, nadie se salva y por ello la mentada de madre final que reverbera en las afueras de la ciudad resulta tan terriblemente catártica, sonora e impávida al pasar del tiempo. Sí, esa mentada de madre sigue vigente.

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/CR

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