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El poder de la debilidad

El poder de la debilidad

Columnas viernes 07 de febrero de 2020 - 11:11

Toda sociedad compuesta por ciudadanos, debe de tener la oportunidad de manifestarse. Alzar la voz y expresar los malestares, forman parte de la vida de la República, así como su negación, es lo cotidiano de una dictadura. Al mismo tiempo que las libertades políticas han ido desarrollándose, y el nivel educativo de la población, al amparo del incremento de la calidad de vida y de recursos para expresar las ideas, la forma de expresarse públicamente también se ha modificado.

Las condiciones de las sociedades democráticas son completamente diferentes a la de los viejos sistemas autoritarios. No es lo mismo expresarse en el contexto del México contemporáneo, que haberlo hecho en el culmen del sistema presidencialista durante los años sesenta. Las condiciones contextuales son completamente diferentes, y esto repercute en la reacción a estas por la sociedad y el gobierno. México reconoce y protege la expresión ciudadana, aunque a veces los que transgredan los propios ordenamientos sean los mismos ciudadanos.

Dañar el patrimonio público como forma de expresión, o llevar la protesta a un nivel de intensidad que dañe a las instituciones o al patrimonio privado, siempre nos pone a considerar si existe un límite a esta expresión de libertad civil. Hablar de límites, no implica negarlo, sino fundarnos una ponderación lo suficientemente razonable para evitar excesos tiránicos de otro tipo, de esos que pensadores como J.S. Mill o A. de Tocqueville comprenden en su definición de “tiranía de la mayoría”: cuando el pensamiento de los muchos se lanza en contra de las minorías disidentes, atentando precisamente contra lo que los sistemas constitucionales liberales defienden: las libertades individuales.

Expresión de la libertad es el trabajo, la propiedad, el pensamiento, la integridad física, la libertad de reunión, etc., cosas que pueden ser lastimadas cuando un grupo, anteponiendo su causa —legítima o no— están dispuestos a imponérsela de manera violenta a todos los demás, en especial, cuando asumen que por su condición sufrientes tienen derecho de agredir impunemente lo que sea, descalificando críticos, y censurando a las propias leyes que les garantizan su propia expresión. El mismo Hegel, cuando trata la caracterización de la sociedad civil, sabe que esta puede salirse de control, y en aras de su beneficio grupal destruir el sistema político mismo.

Ver la violencia de algunos grupos que se identifican con el feminismo, o de aquellos que vandalizaron la rectoría de la UNAM humillando a estudiantes y profesores, son clara muestra de una desmesura patente, en donde se antepone el sufrimiento particular, ante la ciudadanía completa con la que impunemente se desquitan, sin la actuación de una autoridad “conmovida” por el poder de los “sufrientes”, en claro desacato a nuestras leyes. Defendamos nuestras libertades, y liberémonos de chantajes justicieros de evidentes delincuentes.

•Catedrático de la Universidad del Pedregal

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/CR

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