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@onelortiz
https://youtu.be/9ArYrAaxjVI?si=q7v1g2emDq5Ttx3e
En medio de la crisis de seguridad, cuando la violencia contra las mujeres se mantiene presente e incluso aumenta en varios estratos, cuando la frivolidad y el individualismo marcan la vida cotidiana, dos de los tipos sociales de mayor éxito y difusión en los medios de comunicación y las “benditas” redes sociales son los narcotraficantes y las sugar baby.
Para los centennials, la imagen que tendrán de Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero no serán los rostros reales de los delincuentes, sino las caras de Diego Luna y Tenoch Huerta, respectivamente, romantizados por las series de televisión de paga y las redes sociales.
Las nuevas generaciones no quieren ser médicos, ingenieros, bomberos, menos aún astronautas. ¡Vamos! Ni siquiera futbolistas o deportistas. ¿Para qué dedicarse años a estudiar o entrenar durante horas, si todo depende de la suerte y de "echarle ganas", de ser el más “cabrón”?
El modelo de éxito es ser narcotraficante, esos hombres guapos, poderosos y valientes de las series de Netflix o Prime, rodeados de lujos, buchonas, champaña y acceso a todos los placeres.
Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero fueron dos de los delincuentes más sanguinarios de los años noventa del siglo pasado, pero sus organizaciones criminales persisten y son de las más poderosas del mundo. Causaron cientos, quizá miles, de muertes en esos años. ¿Qué de noble, heroico o ejemplar existe en ser unos cobardes asesinos, en mandar matar a cientos, en torturar a un agente de la DEA hasta la muerte?
¿Por qué Diego Luna y Tenoch Huerta acceden a representar a estos personajes? ¿También son simples prisioneros del dinero y la fama? ¿Es éticamente aceptable convertir en estrellas pop a delincuentes?
Karime Pindter y Manelyk González son las sugar baby por excelencia, figuras prominentes del nuevo modelo de la televisión basura, celebridades, sinónimos de la vulgaridad y el mal gusto. Con desparpajo, con sus rostros reconstruidos con bótox y sus cuerpos retocados, narran sus aventuras sexuales y su vida llena de marcas de lujo, hoteles y restaurantes. Normalizan las nuevas formas de comercio e intercambio sexual, personificadas en la relación entre el sugar daddy y la sugar baby. Ahora se presentan como empresarias y emprendedoras, como un modelo de éxito para la mujer del siglo XXI.
Nadie en esta columna es mojigato o partidario de la doble moral; por supuesto que todas las mujeres son libres de decidir sobre su cuerpo, pero de ahí a hacer una apología de esta nueva forma de comercio sexual hay un abismo.
Cierto, nadie se convierte en narco o sugar baby solo por ver una serie o un reality, pero nadie está calculando los impactos de estos tipos sociales. Eso pienso yo, ¿usted qué opina? La política es de bronce.