Dos visiones paradigmáticas, fundamentalmente -aunque no limitada a tal periodo- desde la revolución francesa de 1789, han imperado en el universo político: el idealismo y el realismo
Rousseau en su “Discurso sobre el origen la desigualdad”, asume que el inicio de todos los males en la sociedad, es la sociedad misma, donde “surgió alguien que dijo “esto es mío”, y hubo muchos que se lo creyeron” es así que, aspirar a cambiar esa “situación social” se convertiría en una aspiración que tendría todo tipo de repercusiones a lo largo de los siglos, al extremo de que los revolucionarios jacobinos, en una interpretación reduccionista de Rousseau, asumieron que la sociedad debía de ser “refundada” desde sus cimientos, para que la “desigualdad” desapareciera del mapa.
Frente a semejante idealismo -incorporando malas interpretaciones sobre el suizo-, quien fuera embajador del Reino Unido en la corte borbónica de Versalles, Edmundo Burke, escribe sus “Reflexiones a la Revolución en Francia”, resaltando su aporte más importante: ese idealismo universalista de los revolucionarios que aspirando a un montón de principios que salvo a la razón, a nadie constan, motivó a que una ola de violencia se desatara desde entonces.
Al ser humano lo constituye su historia, sus leyes, sus instituciones. Pretender destruirlo todo en nombre de los conceptos, será para el pensador y legislador británico, una absoluta locura, pues se ha dado muy bien cuenta de que el movimiento revolucionario no queda en otro conflicto político-civil más, sino que se verá a sí mismo como “vengador de la justicia”, en nombre de la cual cabe cualquier atrocidad.
La tradición “legalista” liberal-burguesa, que ante sus intereses privados, se remite a la ley que, entre otras cosas, ofrece “aparentes certezas”, o bien, la corriente “igualitarista” propia del modelo socialista con el que las izquierdas se identifican, considero que han fracasado y vuelven a mostrar el talón de Aquiles que ya en el pasado las ha lastimado: su idealismo: Las leyes que no necesariamente cambian las prácticas corrompidas de la sociedad, o bien, la pretensión “igualitaria” que, como siempre se enfrentará a lo limitado de los recursos económicos para lograr “purificar” a todos sus hijos -sí, con ese lenguaje puritano que fascina a la izquierda-. El déficit mató a la URSS y lo hará con quien sea.
El idealismo burgués, incapaz de lograr una eficiente distribución de la riqueza, y el idealismo izquierdoso -hermano del primero- incapaz de generar riqueza y adorar el dispendio en la construcción de su paraíso imaginario, han abierto con sus fracasos una puerta en el tiempo que esa sí nos arroja a un pantano inhóspito, en donde habitan todos sus demonios: la frustración; el resentimiento; el racismo… y cuanta cosa que pensábamos erradicada, regresan con la fuerza del odio brutalmente concentrada en sus déspotas.