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Columnas
En esta ocasión quiero rescatar la memoria de un monstruo del futbol que hoyestá prácticamente olvidado, quien, a pesar de su talento y carisma, nunca pudo encontrar el equilibrio en la vida, siendo uno de tantos casos en que genio y desgracia parecen una misma cosa:
Manuel Francisco Dos Santos, mejor conocido como “Garrincha” (palabra en portugués para designar un pajarito inútil y feo), pues tenía torcidas las piernas a consecuencia de un defecto congénito en la columna vertebral, fue uno de los grandes de todos los tiempos del futbol mundial. La alegría que este hombre desplegaba en la cancha no tenía rival y era el paradigma del deporte convertido en arte. Si la naturaleza le dio un cuerpo deforme y contrahecho, también le dio el genio futbolístico para equilibrar sus carencias. ¡Era una delicia ver jugar a “Garrincha”! (para los que quieran comprobarlo, aunque sea parcialmente, bastarácon dar unos cuantos clicks en Internet).
Sin embargo, pese a sus muchos triunfos y satisfacciones a nivel profesional, “Garrincha” no tuvo una vida feliz; nunca fue capaz de manejar la fama y la fortuna que conlleva ser un estrella. Desde joven padeció por su adicción al alcohol y a la postre este problema lo dejó en la miseria y el abandono total. Cuando murió, en 1983 a los 50 años, era casi un vagabundo y su cuerpo ni siquiera fue reconocidoen el momento. En realidad, más que un vicioso incorregible fue un hombre bueno, ingenuo y sumamente ignorante, lo que fue aprovechado por verdaderos vivales que lo estafaron en muchas ocasiones.
Una de estas fue durante la celebración del Mundial de Suecia, en 1958, los jugadores de la selección brasileña, que a la postre obtendría el campeonato (el primero de su historia), fueron a recorrer las calles de Estocolmo para relajarse y hacer un poco de turismo. “Garrincha” entró en una enorme tienda de artículos electrónicos donde descubrió un mundo de maravillas; tras probar varios aparatos de diferentes tamaños compró un moderno radio de transistores por la friolera decien dólares. Salió del lugar muy contento con la adquisición que había hecho, la cual despertó la envidia y admiración de sus compañeros de delegación. Igual que un niño con su juguete nuevo, “El Pajarito” llevaba el aparato consigo a todas partes y lo hacía sonar en el vestidor, en el hotel o en el autobús, parecía su fiel compañero; hasta que, poco antes del final del torneo, el masajista se le acercó y le dijo, casi en secreto, que su radio no serviría en Brasil, pues únicamente estaba hecho para sonar en el idioma sueco. –¿Quieres que todos se rían de tí cuando regresemos y vean que escuchas un radio que te habla en un lenguaje que no entiendes? –Dijo el masajista. Entonces, “Garrincha” pensó durante unos minutos sobre el asunto y al cabo pidió consejo sobre lo que debía hacer. –Véndemelo a mí, no me importa que la gente se ría de mí. Yo no soy tan importante como tú. –Fue la respuesta. Al final del estire y afloje del regateo el precio quedó fijado en cuarenta dólares, con la promesa, por parte del comprador, de que nadie sabría la suma que él había pagado por esa “cosa”.