El título es un easter egg (ahí al que le interese, búsquelo). Estudié la licenciatura en derecho en una escuela caracterizada por su peculiar sistema de evaluación. Todas las materias son anuales (no semestrales) y la calificación de cada una depende de un solo examen, anual, con tres sinodales. Eso trae aparejado la formación de ciertas competencias (espero) y también la formación de ciertas patologías (supongo). En mi examen de filosofía del derecho, la "réplica" de uno de los sínodos -que nunca antes habíamos visto- se puso a leer fragmentos de un libro amarillento escrito por un abogado que alguna vez le jugó al filósofo. Naturalmente, el examinador esperaba que yo "completara" la idea qué él había empezado a leer. En mi examen de teoría del estado, tuve que insistirle respetuosamente al fulano de la silla derecha que yo estaba hablando de comunitarismo, no de comunismo, y quizás por eso no cuadraba lo que él creía con lo que yo estaba diciendo. Quizás el ejemplo más exótico fue el de un coleccionista de irrelevancias que firmaba como historiador, que empezó a delirar sobre cuál sería el papel del jurisprudente cuando el mundo estuviese lleno de humanoides creados genéticamente, y que sin embargo no tuvieran la capacidad de reconocer la justicia, ni la prudencia. Ojalá estuviera bromeando al escribir estas líneas, pero no. Sigo sin saber cuál era la "respuesta" correcta a esa pregunta, qué más bien era una premisa de ciencia ficción bastante perezosa. Los profesores ahí no cobran, lo que es muy noble de su parte, pero eso conlleva que no se les pudiese exigir nada, al menos en esa época.
Pero luego di clases en varias universidades (incluyendo en mi querida escuela, que acabo de rostizar con cariño en el párrafo que precede). Y pasé por algunas en dónde la cultura era empresarial y simplista. Los estudiantes eran clientes, consumidores de créditos que estaban eligiendo a esa escuela para pagarle una colegiatura (renta) y que esperaban al final un premio a la lealtad de marca (su título). Los maestros éramos empleados, con la principal obligación de hacer cómoda y amigable la estancia del alumnado, y teniendo presente que el cliente siempre tiene la razón. Vi a profesores y profesoras debatir largamente con alumnos reprobados, examen y ley en mano, para "convencerlos" de que las respuestas que habían puesto en su prueba eran incorrectas o falsas. Era una probadita de la posverdad como moneda corriente. Y todo esto fue antes de los teléfonos celulares en las clases y los docentes hablándole, como zombie, a un montón de cámaras apagadas. Por si hace falta decirlo, la escuela en cuestión tenía malentendida la naturaleza de la escuela, la educación, el aprendizaje, la función social en la formación de profesionistas y las consecuencias de un acercamiento tan irresponsable a lo que para ellos no era sino la compraventa de grados al mayoreo. Y de mi secundaria marista ni hablamos, que para eso escribí hasta un libro. Al momento, el poco acercamiento que he tenido con los estudiantes “de ahora” me ha dejado un regusto más bien amargo. Pero eso quizás sea la brecha generacional hablando. La política y la ideología son también relevantes, obviamente. Un gobierno que vea las escuelas como fábricas de mano de obra corporativa, creará un modelo totalmente distinto de aquel que las vea como institutos de formación de cuadros políticos. Ninguna de estas visiones, huelga decirlo, es halagadora para los estudiantes. Sin ir más lejos, el siempre confiable Bukele acaba de ordenar cambios en las escuelas de El Salvador, puso a una militar a cargo del ministerio educativo, y entre otras cosas, al alumnado se le revisará la pulcritud del uniforme, la obediencia y la “cortesía” que deben guardar hacia las autoridades. La tía Lola, que siempre tiene una respuesta para todo, nos dirá que la clave está en “el punto medio”. Pero ni siquiera está claro el punto medio de qué. Más bien parecería que la configuración social educativa, que incluye lo tangible y lo intangible, no es sino otra manifestación compleja donde incentivos, idiosincrasia coyuntura política y capacidad económica, crean un coctel tóxico o virtuoso. Suerte con eso.