La reconciliación con la historia es un buen medicamento contra los discursos confrontativos en una sociedad tan antigua, compleja y magnífica como la nuestra, que no solamente es crisol de culturas y civilizaciones, sino víctima voraz de las narrativas oportunistas que maniqueamente engrandecen a unos, y maldicen a otros, contrariando al mismo sentido común, adjudicando vicios o virtudes a tiranos y a héroes anacrónicamente juzgados, o camuflados por sesgos ideológicos injustos.
Manipular la historia, implica construir narrativas que justifiquen a unos, ocultado sus crímenes y vergüenzas que, por más desagradables o afortunadas que hayan resultado, constituyen el acervo de un México que lo mismo pisoteó su pasado virreinal, que concedió a la historiografía liberal del siglo diecinueve un predominio absolutista de la narrativa, tan omnipotente e injusto como sus anatemas y tabús que oscurecieron a personajes fundamentales, al grado de hacerlos invisibles a los ojos de sus conciudadanos.
Cuando el Príncipe de Iturbide, dirigió la carga de caballería contra los invasores estadounidenses durante la toma de la Ciudad de México, entonando el himno nacional compuesto durante el gobierno de Antonio López de Santa Anna, mismo que tras la derrota de la Batalla de Cerro Gordo, en Veracruz, cuando el ejército mexicano, destrozado en el evento, pudo reconstruirse a pesar de los pesares por el que acusado de traidor, que jamás dejó de luchar, a la manera de un adolescente Miguel Miramón que, peleando con sus compañeros del Heroico Colegio Militar, en las tristes jornadas de la batalla de Chapultepec, sería el futuro presidente más joven de México, brillante artillero que jamás se rindió ante el yanki, peleando como aquel sacerdote español Caledonio Macedonio de Jarauta, viejo guerrillero carlista, quien alzó a los valientes vecinos de su Parroquia de Santa Catalina, en el barrio de la Lagunilla, que con sus compatriotas que formaron el batallón de Piquetes de Tlapa, siendo españoles todos, ofrecieron su vida a la patria donde formaron sus familias, defendidas hasta el último aliento en batallas olvidadas.
Cuando narra Don Guillermo Prieto, en sus inmortales Memorias de mis Tiempos, cómo conoció a su archienemigo Don Lucas Alamán -autor de la Historia de Méjico-, en plena evacuación de la Ciudad de México tras la derrota de nuestras tropas, y este le ofreciera refugio con su familia en su villa de Tacubaya, describe al prócer conservador, con el respeto y afecto que otro gran liberal como Don Ignacio Manuel Altamirano en su Navidad en las Montañas, quiso inmortalizar con el encuentro de sus dos personajes otrora enemistados, pero que reunidos en el mismo lugar en fecha tan especial -la natividad-, se tratan, desarrollan afectos y se respetan.
Lo que no ha habido en nuestra historiografía, es respeto, y esa tremenda injusticia es arma para todo discurso demagógico empoderado.