Uno de los grandes placeres de mi vida es comer… pero también correr. Y cuando ambos mundos se encuentran, sucede algo muy cercano a la felicidad plena. Correr una ciudad permite conocerla desde otra perspectiva: el ritmo de sus calles, la respiración de su gente, la textura de su historia bajo los pies. Desde hace algunos años me propuse correr en aquellas ciudades del mundo que me han robado el corazón, para verlas desde los ojos del asfalto.
Así fue como decidí emprender, hasta ahora, uno de mis retos deportivos más significativos: correr el maratón de una de mis ciudades favoritas del mundo, Roma. Y, días después, el medio maratón organizado por mi equipo favorito de Fórmula 1, Ferrari, en el pequeño poblado de Maranello. La experiencia deportiva fue profundamente emotiva: logré romper mis marcas personales en ambas distancias y confirmé algo que ya intuía… disfruto intensamente correr distancias largas. Sin embargo, como estas líneas buscan honrar el placer de la mesa más que el del cronómetro, comparto aquí algunos de los espacios culinarios que hicieron de este viaje una experiencia digna de película: correr, comer, rezar y amar.
La cocina italiana tiene, para mí, una magia difícil de igualar: con pocos ingredientes logra experiencias memorables. Es una gastronomía donde cada elemento tiene intención, historia y cuidado. El tomate, el aceite de oliva, el trigo, el queso o la albahaca no son solo ingredientes, son resultado de tradiciones transmitidas por generaciones, de tierra cultivada con paciencia y de manos que entienden el valor del tiempo. En Italia, el respeto por el producto se percibe en cada plato.
Roma
La Ciudad Eterna, imponente y conmovedora, nos recuerda a cada paso de dónde venimos. Roma no solo cambió la historia de la humanidad en términos políticos, artísticos y religiosos; también nos enseñó que la mesa es un espacio de encuentro y celebración. Aquí, mis recomendaciones:
Hosteria al Gladiatore. Ubicada frente al Coliseo, este restaurante ofrece salones acogedores en tonos cálidos que evocan la grandeza de la antigua Roma. Fue el lugar donde disfruté mi primera pasta del viaje: una reconfortante pasta con hongos, perfecta como antesala del maratón, acompañada de un fresco Pinot Grigio.
Il Ristorante di Porta Pia. El escenario ideal para celebrar mi cuarto maratón. En un ambiente elegante y con atención entrañable, disfruté un espagueti al olivo seguido de dos cortes memorables: filete al pepe verde y bistecca di manzo alla griglia. Todo acompañado de un Lambrusco que armonizó la velada y un tiramisú que confirmó que en Italia incluso los clásicos pueden sorprender.
Hedera. Pequeño espacio contemporáneo ubicado cerca del Altare della Patria, donde la tradición dialoga con la creatividad. Aquí degusté una pasta con trufa generosa y profundamente aromática, un recordatorio de que la cocina italiana evoluciona sin perder su esencia.
Trattoria Christiani. Muy cerca del Castel Sant’Angelo, este lugar me regaló una de las mejores pizzas margarita del viaje. Masa ligera, tomate equilibrado y mozzarella en perfecta proporción. A veces, la perfección está en lo simple.
Bologna
Conocida como la capital gastronómica de Italia, Bolonia honra ese título con absoluta naturalidad. Sus soportales interminables resguardan una tradición culinaria que ha influido profundamente en la cocina internacional.
Ristorante Donatello. Un clásico boloñés donde degusté un extraordinario tagliatelle al ragù, receta originaria de esta región y muy distinta a la llamada “boloñesa” que conocemos fuera de Italia. Comencé con Parmigiano Reggiano y mortadela local de extraordinaria calidad, acompañados de vino de la casa. Una comida que confirma por qué Bolonia es sinónimo de excelencia gastronómica.
Maranello
Destino obligado para los amantes de la Fórmula 1, pero también una grata sorpresa culinaria.
Ristorante Montana. Más que un restaurante, es un santuario para los apasionados del automovilismo. Sus muros cuentan historias de pilotos legendarios que han pasado por sus mesas. La nona Rossella, alma del lugar, sigue supervisando cada detalle con calidez inigualable. Probé una pasta memorable, un delicado flan de parmesano y un tiramisú impecable. Un almuerzo lleno de historia y emoción.
Rosso Comme. Ubicado dentro del moderno complejo de hospitalidad en Maranello, este restaurante refleja precisión, estética y respeto por el ingrediente. Elegí el menú degustación, que resultó ser una experiencia elegante, armónica y muy bien ejecutada llena de meses de cuidado en la carne, el queso y la propia pasta.
Modena
Pequeña en tamaño pero enorme en tradición culinaria, Módena es tierra de aceto balsámico tradicional, motores legendarios y profundo orgullo gastronómico.
Pizzeria Da Michele. El lugar perfecto para celebrar los logros deportivos del viaje. La pizza margarita y la Diavola (la de peperoni, con carácter intenso y ligeramente picante) llegaron a la mesa aún humeantes, acompañadas de buena cerveza y la satisfacción de haber vivido un viaje memorable.
Dejo fuera muchos otros espacios extraordinarios, pero el papel es limitado y la memoria abundante. Lo que sí puedo decir es que Italia confirma, una vez más, que la gastronomía es una forma de entender la vida: con pausa, con respeto al origen y con profunda gratitud por el momento compartido.
Queridos amantes del buen comer, si aún no tienen a Italia en su lista de destinos gastronómicos, permítanme sugerir que lo consideren seriamente. Difícilmente existe otro lugar donde la sencillez alcance niveles tan extraordinarios.
Porque sí… en Italia, verdaderamente, la vita è bella.
¡Buen provecho!
Amante del Buen Comer