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Columnas
En los tiempos que corren nuestro país atraviesa por un periodo de transformación de la vida pública que eventualmente debería conducirnos al desarrollo como sociedad. Un proceso que apenas se ha iniciado y cuya duración será aproximadamente de treinta años en caso, claro está, de que todo salga bien. Me pregunto si la 4T llegará en algún momento del futuro cercano hasta el ámbito de la inefable Liga MX.
Sabido es que, en los hechos, la Federación Mexicana de Futbol es un ente privado que se maneja acorde con intereses estrictamente comerciales, y ni que decir de la Liga MX que ni siquiera está obligada, a diferencia de aquella, a informar o rendir cuentas ante el gobierno federal. Sin embargo, desde el punto de vista fiscal vaya que el gobierno sí que podría hacer algo para combatir la corrupción en el futbol profesional.
En diversas ocasiones lo he expresado: el deporte es un reflejo de la sociedad que lo produce. No es posible pensar que el futbol profesional es una especie de isla a donde no llegan las prácticas corruptas. En nuestro balompié hubo y hay muchas prácticas que bien podrían constituir delitos. Una de estas es el mecanismo de contratación de jugadores extranjeros, el cual funciona más o menos así:
Un promotor equis viaja a Sudamérica (también puede ir a Europa y otros lugares) con el objetivo de importar un jugador al mercado nacional. Una vez allá visorea a varios prospectos, aunque el término es impreciso puesto que estos señores en realidad son mercaderes y no buscadores de talento. Ellos saben bien cuánto valen las cartas de los jugadores y traen a México a quienes se ajusten lo suficiente para poder inflar su precio. De manera que, un jugador cuya carta está tasada digamos en cien mil dólares, se vende a los equipos mexicanos en quinientos mil. El diferencial sirve para embarrar diversas manos en cada etapa de la transacción: directivos, técnicos, incluso periodistas y otros que en el camino reciben su tajada. El resultado: a nuestra liga suelen llegar futbolistas mediocres a precios elevadísimos que a la vuelta de dos o tres temporadas se regresan a su país sin haber hecho un trabajo medianamente aceptable y, eso sí, con su maleta llena de dinero. El lector fácilmente recordará el nombre de decenas de troncos argentinos, chilenos, brasileños o uruguayos que deambularon por la Liga MX, pasando de un equipo a otro, sin demostrar en la cancha que su contratación estaba justificada. Y para “amolarla de acabar” como decía Jorge Negrete, tales troncos ocuparon el lugar de un joven mexicano que muy probablemente era mejor.
Hace poco fue presentada una nueva modalidad para supuestamente garantizar que los clubes debuten a jóvenes talentos canteranos. Desde ya estoy seguro de que no funcionará; los técnicos encontrarán la manera de darle la vuelta para aparentar que se cumple, pero en los hechos todo quedará igual. Lo único que en ese aspecto podría funcionar de veras, es limitar el número de jugadores extranjeros, así de fácil.