El pasado lunes, el Secretario de Educación Pública, Mario Delgado, hizo un llamado de atención que resuena con la urgencia que la situación amerita. Durante la presentación de las estrategias para el próximo ciclo escolar, el titular de la SEP no solo abordó los desafíos tradicionales, sino que puso el foco en la salud de las y los estudiantes mexicanos, poniendo énfasis en la bucal, en la visul y en el enemigo silencioso, pero devastador que nos viene acosando desde hace años: la obesidad infantil.
Los datos presentados son alarmantes. Según la información proporcionada por la Secretaría, uno de cada tres estudiantes mexicanos de educación básica padece sobrepeso u obesidad. Pero lo más preocupante es la correlación directa que estas cifras tienen con el desempeño académico. El Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2024, realizado por el del desaparecido Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), revela que los estudiantes con sobrepeso y obesidad presentan hasta un 25% más de rezago educativo en comparación con sus pares con un peso saludable.
Esta no es una cifra abstracta; es la cruda realidad de un problema que va más allá de la báscula. La obesidad, como nos lo ha recordado la ciencia, no es solo una cuestión de apariencia o talla, sino una condición que afecta profundamente el cerebro, el ánimo y la capacidad de aprendizaje de nuestros niños y jóvenes.
La alta ingesta de azúcares y grasas saturadas, tan comunes en la dieta mexicana y lamentablemente en los entornos escolares, induce un proceso inflamatorio que daña las regiones cerebrales responsables de la memoria, la atención y las funciones ejecutivas. ¿El resultado? Un alumno o alumna que no puede concentrarse en clase, que olvida lo que acaba de aprender y que se frustra con facilidad.
Pero el impacto no se detiene en lo cognitivo, hay estudios que han documentado que la obesidad o sobrepeso se asocia con una mayor probabilidad de sufrir acoso durante la etapa intanto-juvenil, causando graves efectos psicológicos y sociales que terminan siendo una de las principales causas de deserción y bajo rendimiento.
Un niño que se siente estigmatizado o burlado no puede aprender; su mente está ocupada en el dolor, el miedo y la baja autoestima. Las consecuencias son devastadoras: depresión, aislamiento y un sentimiento de fracaso que lo acompañará mucho más allá de las aulas.
La iniciativa anunciada por la SEP, que incluye la revisión de los menús en las cooperativas escolares, la obligatoriedad de una hora diaria de actividad física y el desarrollo de talleres de nutrición para padres, es un paso en la dirección correcta, los avances están ahí, “el 86 por ciento de las escuelas reportaron que no se venden alimentos ni bebidas con sellos de advertencia en sus empaques, ni siquiera un solo día, y tampoco se preparan en las cooperativas alimentos con ingredientes que los incluyan”.
Resultados, que son la admisión tácita de que la educación no puede limitarse a la transmisión de conocimientos, sino que debe ser un proyecto integral que abarque la salud, el bienestar emocional y el desarrollo integral de los estudiantes.
Vive saludable, vive feliz, debe ser escuchado por todos: maestros, padres, autoridades y la sociedad en general, actuar contra el sobrepeso y la obesidad infantil es una inversión en el futuro, porque estaremos actuando por recuperar la salud y el rendimiento académico de una generación entera.
ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica
e Imagen Pública