Durante los 8 años que tuve el privilegio de servir en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, especialmente en la Novena Época, aprendí que la justicia no solo se escribe en las sentencias, sino en el modo en que se dialoga sobre ellas. En el Pleno, las ideas se enfrentan, pero las personas se respetan, y esacultura deliberativa fue la que dio sentido al tribunal constitucional, un espacio donde el argumento era la forma más alta de la razón pública.
Quienes vivimos aquellos años recordamos debates memorables, por ejemplo, entre los ministros Genaro David Góngora Pimentel y Sergio Salvador Aguirre Anguiano -figuras de orillas ideológicas opuestas-, quienes discutían con pasión sobre temas que definieron una época: la despenalización del aborto, elmatrimonio igualitario, el desafuero de López Obrador y la facultad de investigación en el caso Oaxaca, porenunciar algunos. Las discrepancias eran intensas, pero jamás personales; Aguirre, símbolo del ala conservadora, y Góngora, referente de la visión liberal, sabían que en la SCJN el disenso no es una falta de lealtad, sino una expresión de independencia.
Tuve el honor de colaborar durante cuatro años con el ministro Juan Silva, un jurista que encarnó la serenidad deliberativa. De él aprendí que la fortaleza de la Corte no reside en la unanimidad, sino en la profundidad de sus razones. Silva Meza solía decir que un tribunal constitucional debe parecerse más a una conversación que a un combate. Esa idea, sencilla y luminosa, explica por qué aquella Corte -la de Góngora, Aguirre, Azuela, Cossío, Díaz Romero, Ortíz Mayagoitia y Silva- es recordada como una etapa dorada, porque suposostener la discrepancia sin romper la institucionalidad.
Esa memoria volvió a mi mente en la sesión del pasado 4 de noviembre. Mientras el Pleno discutía la constitucionalidad de ciertas facultades de la Fiscalía Anticorrupción de Quintana Roo, un intercambio entre la ministra Estela Ríos y el ministro Giovanni Figueroa recordó que el tono también es fondo. El ministroFigueroa utilizó el recurso lógico del argumento al absurdo para cuestionar una tesis jurídica; la ministra interpretó la frase como alusión personal. El malentendido fue breve, pero revelador, pues mostró el riesgo de que la emoción suplante al argumento y el disenso técnico se confunda con agravio.
El episodio concluyó con un gesto de madurez institucional. La ministra Ríos sostuvo con firmeza su punto de vista; el ministro Figueroa recondujo la discusión al terreno de la técnica. En ese equilibrio entre convicción y serenidad reside la esencia del temple judicial, disentir sin destruir.
La nueva SCJN tiene ante sí una tarea más compleja que reformar precedentes o modernizarprocedimientos, debe reconstruir el tono de la razón pública. No todo lo anterior estuvo mal, como se repitecon ligereza, en la Novena Época hubo una cultura de escucha, una gramática de respeto y un lenguaje que convertía el desacuerdo en virtud.
Obiter dicta.
En aquella Novena Época, los debates podían girar sobre Sócrates parado o Sócrates sentado -como recordó la ministra Margarita Luna Ramos al despedir a Góngora Pimentel-, pero detrás de esa ironía estaba el signo de una época: la inteligencia y la cortesía como forma de disentir. Las Cortes cambian, las generaciones también, pero el deber de razonar con serenidad permanece, pues la autoridad de un tribunal constitucional no nace de la imposición, sino de la convicción; porque la Corte se defiende con la fuerza del argumento, no con el ruido de la coyuntura.