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La Juventud Mexicana: Motor de cambio

La Juventud Mexicana: Motor de cambio

Columnas lunes 24 de noviembre de 2025 -

México atraviesa, hacia finales de 2025, una coyuntura histórica que podría definirse como la "paradoja del poder juvenil". Nunca una generación, específicamente la comprendida entre los 16 y los 26 años, había tenido tanto peso demográfico y tecnológico en sus manos, y sin embargo, pocas veces se ha sentido tan desconectada de los mecanismos tradicionales de la democracia liberal. Con casi 38 millones de jóvenes en el país y un segmento de 18 a 29 años que representa el 30% de la lista nominal, la aritmética electoral sugiere que este grupo posee la llave de la gobernabilidad. No obstante, la realidad postelectoral de 2024 y el primer año de gobierno de Claudia Sheinbaum revelan un fenómeno de "desencanto inicial": mientras los votantes primerizos acudieron a las urnas impulsados por la novedad, el grupo de 20 a 29 años se consolidó como el sector con mayor abstencionismo. Este retraimiento no es apatía, sino una protesta silenciosa, una "desalineación política" de quienes intuyen que el sistema actual, independientemente del color partidista, no ofrece soluciones estructurales a sus urgencias de seguridad y movilidad social.

El campo de batalla de esta disputa generacional ya no es la plaza pública física, sino el "parlamento digital" de TikTok, Instagram y aplicaciones similares. En 2025, la política se ha sometido a la dictadura del algoritmo, donde la complejidad nacional se reduce a videos verticales de sesenta segundos. Si bien figuras como Samuel García o Marcelo Ebrard fueron pioneros en esta arena, la estrategia ha derivado en una peligrosa banalización de la función pública. La presidenta Sheinbaum, con niveles de aprobación que oscilan entre el 41% y 52% en el sector juvenil, mantiene una popularidad pragmática, sostenida en gran medida por la continuidad de los apoyos sociales, pero frágil ante la percepción de inseguridad.

La "Marcha de la Generación Z" de noviembre de 2025 ilustró la turbiedad de este nuevo escenario: lo que se presentó como un levantamiento orgánico fue rápidamente cuestionado por la injerencia de "granjas de bots" y una inversión millonaria para inflar el descontento, desdibujando la frontera entre la indignación legítima y la manipulación digital. A esto se suma la amenaza de los deepfakes, como el video manipulado del secretario Omar García Harfuch, que erosionan la confianza en la verdad misma y exigen de los jóvenes una alfabetización digital crítica que hoy escasea. Lo que los jóvenes informados tradujeron como un ataque desde el poder para desacreditar su legítimo movimiento y a los 17,000 individuos que se manifestaron el sábado pasado.

Sin embargo, el desafío más corrosivo para la ética juvenil no proviene solo de la política institucional, sino de la hegemonía cultural del narcotráfico. Los "corridos tumbados", con exponentes como Peso Pluma y Natanael Cano, han dejado de ser solo un género musical para convertirse en un sistema axiológico. Estas narrativas validan la violencia, el dinero fácil y la lealtad criminal como aspiraciones legítimas de movilidad social en un Estado que falla en proveerlas por la vía legal.

La situación ha escalado a tensiones geopolíticas, con amenazas desde el entorno político estadounidense de revocar visas a estos artistas por "apología del delito", colocando a la juventud en el dilema de defender una identidad cultural o rechazar la estética de quienes desangran al país. Estudios de salud mental advierten sobre la desensibilización ante la violencia que este consumo cultural provoca, normalizando conductas antisociales que fracturan el tejido comunitario necesario para cualquier cambio político.

Esta crisis de valores se agrava cuando el Estado, en lugar de ser un referente moral, se convierte en maestro de corrupción. El "Anuario de la Corrupción 2025" documentó 51 casos de alto impacto en el primer año de la actual administración, desmintiendo el fin de estas prácticas.

Pero la herida más profunda es la traición pedagógica del programa "Jóvenes Construyendo el Futuro". Reportes de la Auditoría Superior y testimonios en redes sociales confirman la existencia de "centros de trabajo fantasma" y el cobro de "moches" por parte de tutores, enseñando a los becarios que la corrupción es el peaje inevitable para sobrevivir en el sistema laboral mexicano.

Aunque los jóvenes saben y respetan una envestidura presidencial, existe una distinción clara: no aprueban la corrupción. Su tolerancia es muchas veces una estrategia de supervivencia económica, no una complicidad ética. Sin embargo, cuando la corrupción mata —como en la colusión policial con el crimen—, esa tolerancia se rompe, dando paso a la furia que vemos en las protestas feministas y de seguridad.

A pesar de este panorama sombrío, existen reservas morales vibrantes donde reside la verdadera esperanza de cambio. Movimientos transversales como el activismo climático, ejemplificado en la Cumbre Climática Juvenil Nacional (LCOY), y la defensa de los derechos animales, que ha logrado el reconocimiento legal de la sintiencia animal, demuestran que la Generación Z posee una brújula ética sofisticada. El feminismo digital, por su parte, sigue construyendo imaginarios de justicia y solidaridad que disputan el poder a la narrativa patriarcal y violenta. Aquí es donde radica la potencia transformadora: en causas que trascienden el pragmatismo electoral y apelan a una ética del cuidado radical.

Jóvenes mexicanos: el cambio de poder no vendrá dado por un mesías político ni por discursos matutinos; tampoco llegará si ceden su voluntad al algoritmo o a la narcocultura. La verdadera revolución requiere que rechacen la tolerancia de la corrupción en la clase política, la estética que celebra la muerte, y que utilicen su dominio tecnológico no solo para el entretenimiento, sino para la auditoría ciudadana (OSINT), fiscalizando cada peso del erario público y cada promesa de sus gobernantes; y con todo ello se construyan una conciencia que puedan llevar a las urnas y que se les haga costumbre el voto de castigo.

No basta con no ser corruptos; es necesario ser agresivamente éticos. Deben ocupar los espacios de poder —desde las juntas vecinales hasta las regidurías— con la convicción de que el servicio público es para proteger la vida, no para enriquecerse. La historia de México está llena de "hubieras"; ustedes tienen la oportunidad, el número y la capacidad para ser la generación del "hicimos". El poder ya es suyo en potencia; ejérzanlo con la moral que el país desesperadamente necesita para cambiar su realidad. ¡Que siga la revolución pacífica”.


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/CR

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