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La República de Weimar

La República de Weimar

Columnas viernes 13 de diciembre de 2024 -

La “era” de la República de Weimar, nos refiere no simplemente a un hecho político-constitucional, ocurrido en Alemania tras el armisticio de 1918, y la promulgación de la nueva Carta Magna el 14 de agosto de 1919. Nos remonta a una época de espeluznante degradación espiritual, que prepararía el camino hacia la Segunda Guerra Mundial.

El deterioro espiritual versó en al menos dos puntos que propongo: la desesperanza y la violencia. Primeramente, por desesperanza comprendemos la carencia clara de un fin en el camino de los sujetos y de las sociedades, que plantee cierta estabilidad y que no contenga la falta de impulso para alcanzar los objetivos. Las naciones, como las personas en lo particular, deben de tener algunos propósitos claros, la posesión de medios por más mínimos que sean y, sobre todo, la “esperanza” de que quizá un día puedan salir de su adversidad. Evidentemente los medios no pueden ser como lo que ocurriría en el tema que nos compete: la violencia.

La violencia es un estado de alteración de la estabilidad, algo que fractura y rompe con el curso de las cosas o de la regla. A veces la violencia puede ser un recurso para salir de una situación lamentable donde dejar que las cosas sigan su curso, puede implicar una desgracia y el mantenimiento de un desánimo generalizado, que se parece precisamente a las condiciones bajo las que el pueblo alemán se encontraba tras su derrota durante la Primera Guerra Mundial, y la posterior revolución, tras el amotinamiento de la flota en Kiel y el encumbramiento de la izquierda socialdemócrata al frente del país destruido.

La consecuencia político-constitucional del República de Weimar, con la promulgación de una legislación que daba pie al arribo republicano, poseía un germen nihilista que para nada era extraño a los ojos de una orgullosa sociedad desmoralizada por la pérdida militar y la hiperinflación, producto del cobro impuesto por los Aliados en el Tratado de Versalles, en donde el Reich pagaría todos los gastos del conflicto, así como la ocupación francesa de la zona industrial del Ruhr, provocando un enojo social sin parangón.

Una sociedad enojada y sin esperanza, es el caldo de cultivo perfecto para los fanatismos y la superchería, en donde la palabrería reivindicatoria, promete salidas fáciles -y evidentes para los ojos de la masa- a problemas complejos, en donde buscar chivos expiatorios (la raza, la clase social, el nivel educativo, etc…), son los “culpables” a vencer, por un mesías reivindicador de las “más justas causas del amado pueblo”. El “pueblo” (volks) se lanzó encantado al “redentor” que entre más inverosimilitudes lanzara, sus dardos mostraban un esperanzador camino para liberar a un pueblo ya putrefacto, que se lanzaría encantado al matadero.


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