Para el gran Hegel, siguiendo los postulados dialécticos, el “yo” se conoce a partir del “otro”, siendo el “otro” un ente que en su particularidad, puede reconocerse a sí mismo. Identifico mi altura a partir del conjunto de sujetos con los que departo y puedo compararme, así me concibo como “alto” “mediana estatura”, o bien, sé que soy delgado, pálido, etc. La conciencia, que es la capacidad de saberse así, requiere forzosamente de la “alteridad” para brotar, donde el aislamiento o la ignorancia, apartan al sujeto de todos esos “otros” de los que formamos parte.
Para Marx, la “alteridad” -el ejercicio intelectual de la relación con el “otro”-, no queda en un mero acontecer ideal, es más, él criticará de su maestro este “espiritualismo” tan abstracto que contrasta con su propuesta. Marx asumirá que la alteridad tienen en la materialidad su sustento, esto es, en la comparación económica entre personas, la principal noción que regirá su propuesta denominada “materialismo histórico”, que nos refiere a la comprensión de las diferencias económicas y sus consecuencias en la vida de las personas y de las sociedades.
Conciencia entendida como “conciencia de clase”, implica asumir la condición económica del sujeto, gracias a la dinámica social donde se manifiesta cuáles son los beneficios o perjuicios de haber nacido en determinado sector económico: pobre, rico… “pequeño burgués”, porque ciertamente, y con fuerte influencia de Aristóteles, el filósofo alemán, con certeza refiere las oportunidades que se abren a los portadores del recurso (los “medios de producción”), y a los que o no lo tienen, o mediante su trabajo, contribuyen a los beneficios del propietario.
Sin negar en lo absoluto esta serie de relaciones establecidas por Marx sobre los múltiples problemas abiertos ante la desigualdad económica, su idea de “conciencia de clase” tiene un elemento que trasciende la sola comprensión, pues de entender la desigualdad económica, depende una reacción que genera tanta polémica como terror. Saberse “explotado”, tiene la intención de fortalecer el enojo frente a su contraparte, y ser el germen que, en síntesis, culmine con el asesinato de aquel, y el despojo de su propiedades.
La historia, construida a partir del conflicto de clase para apropiarse de la riqueza, de esos que se quedan con lo que a otros quitan, se acaba cuando la clase mayoritaria se queda con la riqueza, y se beneficia de ella. El fin de la historia, en una sociedad sin clases, fue el argumento de los movimientos revolucionarios de ideología comunista, y semilla del enamoramiento intelectual de una pléyade de intelectuales que se creyeron los vengadores supremos de la historia. Los costos de la teoría transformada en historia, los evaluaremos en el siguiente artículo, aunque puedo adelantar una cosa: es el terror genocida de la venganza.