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La felicidad no es un lugar

La felicidad no es un lugar

Columnas martes 22 de septiembre de 2020 - 01:05

Por Casimiro Femat

Siempre me ha sorprendido la habilidad que tenemos para echar a perder todo. Nadie es completamente feliz, ni hay mundos felices.
No voy a decir nada nuevo: las utopías no son posibles. ¿Por qué? Porque la felicidad no existe como algo permanente, siempre es transitoria. Se define, según la RAE como 1. f. Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. 2. f. Satisfacción, gusto, contento.
Y según el Diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, la felicidad es “En general, un estado de satisfacción debido a la propia situación en el mundo”.
Alguna vez oí decir, también que la felicidad es el estado de tranquilidad, cuando no se desea nada ni se necesita nada para estar cómodamente en el mundo.
Retomo la idea del principio: los humanos somos expertos en deteriorar todo, desde nuestra propia vida hasta lo que nos rodea. Esto se debe –si partimos desde la segunda entrada de la RAE para la palabra felicidad: “2. f. Satisfacción, gusto, contento”– a la búsqueda de aquello que nos permite estar contentos, a gusto, satisfechos. Y lo mismo dice Abbagnano en su diccionario, la felicidad es un estado de satisfacción.
En esa búsqueda, dejamos todo y hacemos todo con tal de conseguir la satisfacción, lo cual, generalmente, tiene un costo, de diversos tipos: físico, de salud, de relaciones con los demás, etcétera.
A veces obtenemos satisfacción, pero siempre tiene algun costo, como si se necesitara siempre un equilibrio.
Entonces es necesario que rectifique lo que dije al principio, no es tanto que seamos expertos en echar a perder todo, sino que la realidad siempre nos cobra la satisfacción, entre otras cosas, y entonces resulta lo que dicen dos canciones de los famosisimos Rolling Stones, “I can’t get no satisfaction (No puedo obtener satisfacción)”, que se responde con “You Can’t Always Get What You Want (No siempre puedes conseguir lo que quieres”.
A todo lo anterior hay que agregar además el factor curiosidad, que también tiene su papel en lo que somos.
Luego está otro factor: la conciencia (sabemos quién es ese que se refleja en el espejo; quién es ese que hizo o dejó de hacer, aunque a veces pretendamos que no lo sabemos), donde parece que siempre hay también una especie de homeostasis psicológica: a todo acto corresponde una compensación.
Además de lo anterior, está la razón, que es ouróboros; es decir, es objeto y sujeto de su finalidad. Me explico: la razón es la que nos hace buscar la felicidad más allá de satisfacer lo elemental (comer, beber, abrigarse, dormir), y luego, ella misma juzga lo que hacemos, de lo cual surje siempre un conflicto.
Después de esto hay algo todavía más abigarrado: eso que nos hace buscar lo que no hace falta; es decir, algunos no sabemos estar tranquilos, sin acontecimientos, no aceptamos que no ocurra nada, estamos a disgusto si todo va bien, si no hay conflictos o si todo es demasiado fácil.
Hay un vacío inherente a la existencia humana, ya que no tiene una finalidad concreta, no hay tal, sólo tenemos que vivir, y ya. Pero creo que eso es lo interesante de vivir, tenemos que inventarnos la vida, hacer nuestro guión, ponerle emoción, con todo lo que eso implica. Algunos creamos, estudiamos, analizamos; otros simplemente jugamos, nos divertimos con cosas insustanciales (lo cual también se vale); algunos más buscamos problemas, nos endeudamos, y un largo etcétera. Es decir, cada quien tiene su manera de llenar ese vacío.
De ahí que en esta época de encierro, donde se reducen las opciones de distracción, se hayan presentado tantos casos de depresión, tantos inconvenientes en la convivencia con los demás o con uno mismo.
Tal vez venga al caso la siguiente cita, tomada de El nacimiento de la tragedia, de Friedrich Nietzsche, capítulo 3:
“Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente: ‘Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor, en segundo lugar, es para ti morir pronto.’”






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/CR

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