LUIS MONTEAGUDO
Cuando las musas fueron creadas, tuvieron por objetivo cuidar la memoria de los grandes hechos. Clío, la musa de la historia, nutre el hogar de la memoria que fácilmente palidece. El recuerdo, es un bien sacro que requiere un permanente cultivo, los recursos implican desde la íntima alianza con la poesía, gracias al verso y las fórmulas repetitivas que se instalan en la imaginación epopeyica, hasta la potencia del hecho realistamente narrado, que conmosiona al lector al nivel de imprimirle el sello del saber.
En lo que respecta a los lectores, otros son los recursos fundamentales a considerar para lograr el objetivo del recuerdo. Podemos iniciar con la voluntad, misma que subyace en la conciencia, vital para que se origine el preciado bien del interés. Si al sujeto no le importa el tema, simplemente este pasa desapercibido y se pierde en la inmemoria de los tiempos, o es recibido como bien preciado en otra mente dispuesta a recibirlo. Lo cierto es que la voluntad por sí misma es incompleta, si no exiten otros elementos, como son los medios de acceso a la información que transmiten el hecho a recordar. En la Grecia Antigua, el papel de los aedas era imprescindible para la la transmisión de la memoria. Los aedas o poetas declamaban sus cantos ante un auditorio cautivo, que contagiados por la manía poética, ellos mismos transmitían los acontecimientos de generación en generación llegando incluso hasta nosotros, como será el caso de la gesta troyana que a través de la oralidad se instauraba en el imaginario fundante de los cimientos de las civilización occidental. El mayor aeda sería Homero, el poeta.
Voluntad y medios, son imprescindibles, sin ambos, el recuerdo muere. Sería completamente absurdo sembrar en la arena, que es tanto como construir una fortaleza con el viento. La palabrería se autodestruye, el material escrito pervive y subsiste a los milenios. Desacreditar a los sumos sacerdotes del recuerdo, es tanto como condenarse a sí mismo a la nada.
En las sociedades modernas la voluntad y los medios se conjugan en el sector ilustrado de la población, que compra y estudia los textos; que consulta las fuentes serias en la red, o lo dialoga en las aulas universitarias, en las casas donde los libros pueblan los estantes y se vive con pasión el gusto por el conocimiento, porque es también su principal recurso de subsistencia. Las clases medias son el alcázar de la historia. Son los universitarios, los ilustrados, los aspiracionistas de su perfeccionamiento y la dignificación de su mundo. Quedar mal con ellos, es tanto como sacrificarse en la pira del olvido, pues el poder de la narrativa está completamente en sus manos, a pesar de que no les guste a nuestros adversarios.